
Quien lee con atención a una figura del poema no entra al texto para imponerse. Entra como quien visita. Se acerca con cuidado, sin invadir. A veces la mira desde afuera, atento al tono, al ritmo, a las pausas. Otras veces se deja atravesar por lo que el poema propone y permite que esa presencia lo toque, lo incomode o lo conmueva.
En ese recorrido puede ocurrir algo más: por instantes, el lector siente que es ese personaje. No porque se confunda con él, sino porque el poema despierta una identificación profunda. No solo se reconoce en él, sino que empieza a sentir desde su lugar: se alegra, se inquieta, sufre, duda. Esa cercanía no es un exceso ni un error; forma parte del proceso. Pero tampoco es permanente. En otros momentos, el lector solo nombra al personaje, lo reconoce y lo deja seguir su camino dentro del texto.
Hay lecturas aún más delicadas, en las que el lector no entra del todo al poema. Se queda cerca. Escucha. Aprende a no forzar lo que el texto no quiere decir de inmediato y comprende, poco a poco, que el silencio también comunica y que no todo necesita ser aclarado para tener sentido.
Leer de esta manera permite entender que un poema no se agota en lo que logramos comprender de él. Se expande en lo que somos capaces de acompañar. El personaje no es una pieza que deba encajar en una interpretación única, sino una presencia viva que invita a moverse con ella, a aceptar sus dudas, sus contradicciones y su respiración cambiante dentro del texto.
Esta manera de leer sirve en el aula, para profesores y estudiantes, y también cuando uno se queda a solas con un poema. Nos invita a ir más despacio, a escuchar antes de apurarnos a decir: “esto significa tal cosa”. Nos recuerda que la poesía no está hecha para resolverse ni para cerrarse en una idea correcta. No funciona como una respuesta ni como una conclusión rápida: se queda, acompaña, pide tiempo.
Tal vez por eso leer no siempre es entender y, mucho menos entenderlo todo. A veces leemos mal; otras veces no sabemos cómo leer, y está bien que así sea. Quizá leer bien no sea llegar primero a una explicación, sino aprender a caminar junto al poema, con humildad, sin prisa, aceptando que no siempre vamos a saber del todo qué dice, pero sí qué nos pide: atención, cuidado y la disposición a quedarnos un momento más.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026
