Dejar reposar un escrito no es darle descanso al texto, sino dármelo a mí. El texto se queda donde está, respirando solo, mientras yo me aparto un poco para recuperar la mirada. No es la palabra la que se cansa, son mis ojos de haberla mirado demasiado cerca. Como el café que se deja enfriar antes del primer sorbo, el texto no pierde fuerza en la espera; lo que se retira es la prisa. Y pasa algo parecido con la luz de la tarde: todo parece igual, pero soy yo la que empieza a ver de otra manera.
Con esa distancia aparece algo que antes no estaba tan claro: la escucha. Dejar reposar un texto es, para mí, aprender a oírlo sin apurarlo. Me doy cuenta cuando regreso y puedo soltar una frase que antes defendía, o cuando una explicación que creía necesaria deja de serlo. Es como en una conversación de verdad: cuando hablo menos, lo importante encuentra su espacio. Ahí entiendo que el texto no pide más palabras, sino menos intervención.
Ese gesto de escucha también implica soltar. Para mí, dejar reposar un texto es dejarlo libre y esa libertad la consigo cuando cambio de proyecto. Al pasar a otro libro, a otra voz, el texto anterior deja de estar bajo mi vigilancia constante. Mientras escribo un cuento, una leyenda o una reflexión distinta, ese primer escrito se mueve en silencio, sin que yo lo empuje. Es como en la música, cuando se cambia de ritmo sin perder la melodía. Al regresar, una parte se ha acomodado sola. No porque yo lo haya dirigido, sino porque lo dejé ir.
