
No todo lo que se desordena en casa necesita arreglo inmediato. A veces la casa se parece a un cuento en su primer borrador: nada está del todo claro todavía. Hay camas sin terminar, platos que quedaron esperando, papeles donde no deberían estar, pero ahí están. No porque alguien haya sido descuidado, sino porque la vida interrumpió. Como pasa con los cuentos, ese momento previo no es un error, es una etapa. Corregir demasiado pronto sería como sacar a un personaje antes de saber por qué apareció. Hay casas —como los cuentos— que necesitan quedarse así un rato, sin apuro, para entender qué quieren contar.
En el trabajo ocurre algo parecido. Es como esa parte del cuento en la que la historia ya está, pero todavía no encontró su ritmo. Una escena no encaja, un diálogo suena forzado, algo se repite porque aún no sabe cómo salir. Pasa también con los informes, los proyectos, las clases, los correos que se escriben y se vuelven a escribir. No todo pide corrección inmediata. A veces el cuento mejora solo mientras uno hace otra cosa, responde mensajes, mira la pantalla sin ver nada o se sirve otro café. Ajustarlo todo en ese punto puede dejar el texto prolijo, sí, pero sin pulso. En el trabajo también pasa: dejar una tarea respirar, volver a ella más tarde, suele aclarar más que corregirla una y otra vez sin pausa.
Y luego está la calle. Ahí nuestros planes y objetivos avanzan entre semáforos, filas, pasos apurados y otros más lentos. Uno cruza la calle pensando en lo que tiene que corregir o cambiar, y de pronto se detiene porque alguien frenó de golpe, porque el semáforo cambió antes de tiempo, porque apareció un saludo inesperado o simplemente porque el cuerpo pidió bajar el ritmo. Nada de eso estaba previsto. El cuento funciona igual: no todo ocurre como se planeó, algunas escenas se mezclan, otras se retrasan, otras aparecen cuando no tocaba. No es desorden, es movimiento. La historia sigue, aunque no todo esté perfectamente acomodado.
Aprender a no corregirlo todo también es aceptar que algunas cosas necesitan quedarse un poco desordenadas. No porque estén mal, sino porque todavía están en proceso. Pasa con los cuentos, pasa con la casa, pasa con los días. A veces, tocar menos es una forma de respeto. Dejar que algo siga así, sin apuro, puede ser lo que le permita encontrar su forma.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 2, 2026.
