
El símil es una forma de cuidado.
En lugar de afirmar, rodea. En lugar de fijar, compara. Dice "como" y se aparta un poco: deja espacio, permite que la imagen respire y que quien lee complete el trayecto. No es lo mismo decir "estoy cansada" que decir "estoy como una silla después de una visita larga". En el primer caso, la palabra se cierra; en el segundo, queda abierta a la experiencia. El símil no clausura el significado: lo mantiene en movimiento, como una luz que cambia según desde dónde se la mire.
Ese modo de decir —sin apurar, sin imponer— es el que le da al lenguaje otra cadencia. Por eso el símil entra a la frase como un hombre elegante que camina con bastón. No porque lo necesite del todo, sino porque ese apoyo le da ritmo, pausa, una manera más cuidadosa de avanzar.
Así lo usamos cuando la realidad no alcanza a explicarse con una sola palabra. Cuando algo se parece a otra cosa, pero no del todo. En ese instante, el lenguaje duda, se detiene un poco, busca sostén. Entonces aparece el como.
Decimos:
me siento como si me hubiera pasado un camión encima,
tengo la cabeza como una habitación después de una mudanza,
ando como quien entra a la cocina y ya no recuerda a qué vino.
No porque eso haya ocurrido, sino porque el cuerpo necesita imágenes para decir lo que no encuentra otra forma de nombrar. El símil no exagera: acompaña. Incluso, a veces, nos permite sonreír mientras decimos lo que pesa.
Esa misma lógica atraviesa la vida cotidiana cuando hablamos de nosotros mismos. El símil tiene que ver con la identidad. Nos sirve para decir quiénes somos sin afirmarlo del todo, como quien se presenta con cierta prudencia.
Decimos:
soy como mi padre en el carácter,
soy como un libro abierto,
soy como el mar cuando se inquieta,
soy como una casa con las luces encendidas aunque no haya nadie.
No son definiciones cerradas. Son aproximaciones. El símil avanza ahí, otra vez, como ese hombre elegante que camina con bastón: no irrumpe, no se impone, no corre. Nos ayuda a reconocernos sin fijarnos, a decirnos sin quedarnos atrapados en una sola forma.
En el símil, el lenguaje tiende un puente entre lo conocido y aquello que todavía no sabemos nombrar. Cuando una experiencia es nueva, confusa o demasiado honda, buscamos algo cercano para poder cruzarla.
Decimos:
El símil no explica la experiencia: la vuelve transitable.
Ese puente se construye con lo que ya habitamos. Lo desconocido se apoya en lo conocido para no caer. Por eso decimos:
No sabemos nombrar del todo lo que sentimos, pero sabemos a qué se parece.
En suma, aunque la literatura lo nombre y lo piense, el símil se mueve con naturalidad en la vida cotidiana. Aparece en la conversación, en las frases dichas al pasar, en la necesidad diaria de decirnos sin encerrarnos. No pertenece solo al libro: camina entre nosotros, con paso discreto y bastón en mano, acompañando la forma en que buscamos entendernos.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.
