Leer un poema por primera vez 

 

En una primera reflexión pensé la lectura de un poema como un despertar de los cinco sentidos: el lenguaje no solo se entiende, también se huele, se toca, se escucha.

En una segunda, imaginé esa primera lectura como un banquete: aceptar un plato sin preguntar demasiado, probar, confiar, decidir si queremos seguir.

Estas dos miradas se completan en la reflexión actual. Leer un poema por primera vez es también entrar en una casa desconocida, a oscuras. No siempre llegamos preparados. No sabemos dónde está la luz ni cuántas habitaciones existen. Nos movemos despacio, con cuidado, confiando más en la intuición que en la certeza. Antes de admirar la belleza, buscamos algo más elemental: que la casa no se nos venga encima.

Al comienzo no importa la decoración, sino la firmeza de los cimientos. Caminamos a tientas, rozando la pared, atentos a cualquier crujido, preguntándonos si el poeta construyó sobre piedra o sobre arena. Es un momento de reserva silenciosa. Necesitamos saber si estas palabras pueden sostener nuestro propio peso o si algo en ellas no termina de asentarse. Buscamos vigas, columnas, una verdad mínima que nos dé confianza, aun sabiendo que no todas las casas resisten y que no todos los poemas están hechos para ser habitados.

Esa sensación se parece a la de ciertas películas de misterio, cuando el espectador entra en la historia sin explicaciones previas. No hay mapas ni instrucciones; solo una atmósfera que se va cerrando y un espacio que se intuye más de lo que se comprende. A veces la historia sostiene, otras no. No se trata de entenderlo todo muy bien, sino de percibir si lo que se nos ofrece tiene coherencia, si puede sostenerse en el tiempo o si terminará desmoronándose.

A medida que caminamos, empezamos a notar la textura de los materiales. Hay poemas que se sienten como madera antigua y tibia; otros son fríos como el metal o ásperos como el ladrillo sin pulir. No atendemos al color de la pintura, sino a la superficie, a la consistencia de las palabras. Una frase puede pesar en la mano; otra se desliza sin dejar marca. Así vamos descubriendo de qué está hecha esa construcción: si de recuerdos que raspan o de sueños que apenas se sostienen.

Como ocurre en muchas historias donde el misterio se revela lentamente, la primera lectura no busca el giro final ni la explicación completa. Se queda ahí, habitando la atmósfera. Confía —o espera— que el sentido llegue después. En la lectura inicial de un poema, comprender no es la prioridad; lo es percibir si existe un pulso que sostenga el conjunto, o si ese pulso nunca termina de aparecer.

Al final, ese recorrido a ciegas nos deja en medio de la sala, rodeados de preguntas. El asombro no nace de entenderlo todo, sino de haber llegado hasta ahí. Nos preguntamos qué es este lugar, por qué una escalera parece no llevar a ninguna parte, qué hay detrás de una puerta apenas entreabierta. Y también, a veces, si queremos volver.

La primera lectura no nos entrega las llaves: apenas nos deja el misterio. Salimos de esa casa con algo adentro, sin saber bien qué es. Y aunque todavía no sepamos dónde está la luz —o incluso si vale la pena buscarla—, ese lugar, ese poema, ya nos ha cambiado un poco.

 

Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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