
La primera lectura de un poema es como aceptar un plato sin preguntar demasiado. No sabemos aún cómo fue preparado ni qué ingredientes exactos contiene, pero confiamos. Le damos una oportunidad. En ese gesto hay una entrega inicial: no se juzga, no se compara, no se analiza. Se prueba. A veces con curiosidad, a veces con cautela.
Hay poemas que se ganan esa confianza desde el primer contacto; otros la piden con paciencia. En la primera lectura no importa tanto si entendemos todo, sino si sentimos ganas de seguir. Cuando un poema no funciona en ese primer momento, no siempre es por falta de ideas, sino porque no logra establecer ese acuerdo mínimo entre quien escribe y quien lee.
Leer un poema por primera vez es, en ese sentido, un acto de fe. Como en la cocina, a veces el segundo bocado confirma la elección; otras, nos damos cuenta de que no era para nosotros. Y también eso forma parte de la experiencia, sin culpa ni reproche.
La primera lectura es, además, la entrada, no el plato principal. No está hecha para saciar ni para explicarlo todo, sino para abrir el apetito. Pretender comprenderlo todo en ese primer momento es como pedirle a una sopa inicial que cuente toda la historia del menú. Hay poemas que se presentan con ligereza y otros que ya anuncian complejidad, pero ninguno se ofrece completo de inmediato.
Ese primer acercamiento sirve para medir el tono, la temperatura, la intención. Nos dice si queremos seguir, si estamos dispuestos a quedarnos a la mesa. Un poema que exige demasiado en la primera lectura podría cansar; uno que se ofrece como entrada, en cambio, deja espacio para el deseo de volver, de profundizar, de leer otra vez.
La primera lectura también es un aprendizaje del gusto. Se parece a probar un sabor nuevo. No siempre agrada al instante: a veces desconcierta, a veces incomoda. Como ocurre con ciertos platos, el rechazo inicial no significa fracaso, sino falta de costumbre.
Hay poemas que necesitan ser leídos más de una vez para ser apreciados. La primera lectura no busca el placer pleno, sino el reconocimiento. Nos pregunta, en silencio, si estamos dispuestos a educar el gusto, a insistir, a mirar con otros ojos.
En poesía, como en la gastronomía, lo más interesante no siempre es lo más fácil. La primera lectura es apenas el comienzo de una relación que puede crecer con el tiempo, si aceptamos volver a la mesa con un poco más de paciencia y curiosidad.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.
