La primera lectura de un poema pasa por el oído, no por la mente.
Antes de entender, escuchamos.

Algo en las palabras nos llega primero como sonido. A veces es apenas una cadencia, una pausa que se alarga más de lo esperado, un golpe leve cuyo origen no sabemos precisar. Las rimas aparecen y desaparecen sin avisar; la métrica avanza, aunque no siempre sepamos nombrarla. Es como un pulso que se deja sentir desde adentro. En ese primer encuentro empezamos a intuir el ritmo del texto: puede ser firme, incluso duro; puede ir apurado, desbordado; o moverse con suavidad, como algo que nos mece sin pedir permiso. Hay poemas que insisten como una lluvia fina; otros irrumpen, de golpe, como un trueno.

Escuchar un poema por primera vez es notar si está vivo.
El oído percibe si el texto late o si algo en él se queda quieto. Un poema puede decir muchas cosas, pero cuando le falta ritmo, algo no alcanza a tocarnos.

Después, casi sin darnos cuenta, entra la vista.
Antes de comprender una sola frase, miramos la página. Vemos los espacios en blanco, los cortes, los silencios. Los ojos miden los versos: se detienen, avanzan. De un vistazo sabemos si el texto nos va a pedir aliento largo o si tendremos que leer despacio, con cuidado. La forma del poema ya nos está diciendo algo, incluso antes de que sepamos qué dice.

Luego aparece el olfato.
No porque el papel huela, sino porque las palabras llaman. Basta que se nombre la lluvia para que aparezca el olor de la tierra mojada. Una madera gastada nos lleva, sin transición, a una biblioteca antigua. La sal nos devuelve, sin aviso, una brisa que creíamos olvidada. El olfato poético es memoria pura: convierte la lectura en un lugar.

Estas evocaciones no se ven ni se tocan, pero envuelven.
Nos llevan a escenas, a presencias, a momentos que creíamos dormidos. Cuando un poema no despierta esto, la lectura avanza, sí, pero algo queda plano.

Más adelante aparece el tacto.
Las palabras se sienten en la boca. Hay versos que ofrecen resistencia, se traban, dejan huella; otros corren sin estorbo. El tacto nos dice si el poema es frío y distante o si se acerca con la calidez de una mano que se posa sin pedir permiso.

Esa es la parte más física del lenguaje.
Un poema sin textura pasa por nosotros y se va rápido.

Al final aparece el gusto.
No de inmediato.
El significado se asienta despacio.

Ahí entendemos qué nos dejó el poema: si nos reconfortó, si nos incomodó, si quedó una amargura leve o una dulzura que insiste.

Lo que importa es eso que permanece cuando cerramos el libro.
Ese rastro silencioso que sigue acompañándonos sin hacer ruido. Si el poema es verdadero, no se disuelve: se queda, como algo que nos camina por dentro, mucho después de la lectura.

 

 

 Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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