En el primer artículo me detuve en esos hábitos digitales que podríamos dejar atrás con el Año Nuevo. En el segundo, en los gestos mecánicos de todos los días, esos que repetimos casi sin darnos cuenta. Esta reflexión cierra la trilogía. No para sumar propósitos, sino para mirar con calma tres cosas que suelen pasarnos de largo: el tiempo que se nos va sin notarlo, la atención que entregamos a medias y las conversaciones importantes que dejamos para después.
Durante el año decimos que no tenemos tiempo. Lo decimos con total convicción, como si el tiempo fuera un objeto extraviado y no algo que se nos escurre entre las manos. Hablamos de él como de una cosa ajena, cuando en realidad somos nosotros quienes lo dejamos pasar.
Nunca tenemos tiempo para visitar a ese familiar al que llevamos meses prometiéndole una visita. “Cuando esté más libre”, decimos. Y lo curioso es que esa libertad siempre queda un poco más adelante, como una estación a la que el tren nunca termina de llegar. El mensaje se repite, la promesa se renueva y el tiempo, discreto y puntual, sigue su camino sin esperar respuesta.
Decimos que no tenemos tiempo para sentarnos a conversar sin mirar el reloj, pero siempre encontramos unos minutos para revisar el celular varias veces seguidas. A veces ni siquiera nos damos tiempo para escuchar lo que llevamos dentro: si un pensamiento aparece de repente, lo hacemos a un lado y le prometemos escucharlo más adelante.
Pero el problema no es solo el tiempo, sino la forma en que prestamos atención. Muchas veces estamos presentes a medias. Escuchamos mientras la mente se va a otro lado, miramos sin terminar de ver, asentimos sin saber muy bien a qué estamos asintiendo. Estamos, sí, pero con una parte de nosotros ocupada en otra cosa.
Y cuando la atención se reparte así, suele ocurrir algo más: las conversaciones importantes empiezan a postergarse. No porque no sepamos cuáles son, sino porque siempre parecen poder esperar un poco más.
Dejamos para después esas conversaciones que no se dieron bien, las que quedaron a medias, las que evitamos porque incomodan o tememos decir algo que no sabemos cómo decir. Las guardamos para un momento futuro que damos por sentado, como si la vida nos hubiera prometido más tiempo y mejores circunstancias.
El problema es que las conversaciones que no se tienen no desaparecen. A veces se convierten en silencio, otras en distancia, otras en pequeños malentendidos que nadie recuerda cuándo empezaron. No hacen ruido, pero pesan. Y cuando por fin intentamos retomarlas, ya no siempre encontramos el mismo clima, ni el mismo lugar, ni la misma disposición.
Tal vez cerrar el año no consista en sumar propósitos ni en prometer versiones nuevas de nosotros mismos. Quizá se trate de algo más sencillo y humano: habitar mejor el tiempo que tenemos, ofrecer atención completa cuando estamos presentes y animarnos a tener esas conversaciones que hemos venido postergando. Porque el tiempo no se recupera, la atención no se divide sin perderse y las conversaciones, cuando se dejan para demasiado después, a veces ya no llegan a darse.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.
