Esta reflexión no pretende ser un manual ni una guía didáctica sobre cómo leer poesía. No propone fórmulas, pasos obligatorios ni un único modo correcto. Leer un poema es, ante todo, una práctica y un placer: se aprende leyendo, equivocándose, regresando al verso, dejándose tocar. Un lector se forja en la lectura, en el encuentro repetido con la palabra y en el tiempo que se le concede al poema para decir lo suyo.

Leer un poema no es como recorrer un cuento, una leyenda o una novela. Por su propia naturaleza, la poesía vive en un espacio distinto y exige otra disposición. No hay que entenderlo todo de inmediato. Un poema suele revelarse en una segunda o tercera lectura. Conviene leer despacio, como si fuera la primera vez que escuchamos una canción: con el alma abierta y con el gusto de quien se dispone a bailar.

En un primer encuentro, la lectura puede asumirse con la libertad de quien escucha jazz. No se busca la lógica de los hechos, sino la sorpresa de la imagen. Las palabras fluyen sin ser juzgadas; entran por el oído antes que por la razón. Hay poemas que se leen así, como los de Federico García Lorca, donde el verso es intuición y ritmo visible: “Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas” (Romance sonámbulo). En este momento no se analiza el significado; se permite que el lector sea arrastrado por el torrente sonoro y la improvisación del sentimiento.

Al volver sobre los versos, el ritmo de lectura cambia. Se vuelve más cercano, más lento, como un bolero. Es el momento de aproximarse, de saborear cada sílaba, de descubrir matices que antes pasaron desapercibidos. Así ocurre con la poesía de Dulce María Loynaz, cuando escribe: “Si me quieres, quiéreme entera, / no por zonas de luz o de sombra…” (Quiéreme entera). En esta lectura, cada palabra es frágil; importa tanto lo que dice como el silencio que deja. Es un susurro que invita a renunciar a la prisa.

Hay momentos, sin embargo, en que el poema exige otra actitud. De pronto, la lectura cobra la fuerza y la precisión de un tango. Un verso golpea, interrumpe, obliga a detenerse. Es lo que sucede con César Vallejo, cuando escribe: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!” (Los heraldos negros). Ante un impacto así, conviene hacer un alto. El cuerpo lo percibe antes que la razón. Es una lectura de contacto directo, dolorosa y profundamente humana.

Al cerrar el libro, la experiencia se asienta de otro modo. Ya no hay sobresalto, sino resonancia. Lo leído comienza a decantar y se queda con nosotros, como una balada que acompaña en silencio. Así ocurre con Wisława Szymborska, cuando escribe: “Nada ocurre dos veces / y nunca ocurrirá. / Nacimos sin experiencia, / moriremos sin rutina” (Nada ocurre dos veces). En ese punto, leer es comprender que cada verso —como cada instante— es único, irrepetible, y que su verdad solo se revela con el tiempo.

Saber qué ritmo pide cada poema es algo que solo se adquiere con el tiempo. Como el bailarín que entrena su cuerpo para dejarse llevar por la música, el lector, mientras más lee, aprende a elegir su propio compás. A veces será pausa, otras intensidad, otras recogimiento. Al final, un poema se lee como se baila: sin instrucciones, con todo el cuerpo y con el alma abierta de par en par.

 

Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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