Cuando leo, lo que más me atrapa no es la historia en sí, sino los personajes.  Me gusta sentirlos vivos, con pliegues, contradicciones y zonas que no se dejan ver del todo. En cambio, el análisis se me vuelve poco estimulante cuando la lectura se queda en lo predecible: clasificarlos como protagonistas o antagonistas, o reducirlos a aquello que los motiva o los explica. En esos casos, siento que apenas rozo la superficie.

Por eso, con el tiempo, he ido buscando otras maneras de entrar en ellos. Rutas menos evidentes, más cercanas a la intuición que al juicio, que me permitan entender qué es lo que realmente los mueve.

No siempre leo de la misma forma. Depende del libro, del género, del autor y de lo que cada texto se deja preguntar. Por eso, lo que comparto aquí no es un método ni una receta. Es, simplemente, mi manera de leer. Y si algo de este recorrido le sirve a otro lector para mirar distinto, entonces el texto ya habrá cumplido su función.

 

El personaje como territorio
Me gusta pensar al personaje como un lugar. Como un mapa que no se revela por completo. Hay zonas que el texto nos permite recorrer y otras que quedan cerradas, incluso para el propio autor. Todo personaje guarda espacios inaccesibles y muchas veces es ahí, en lo que no se puede nombrar del todo, donde se vuelve más interesante.

 

Lo que le irrita
Casi siempre ponemos atención en lo que al personaje le gusta o desea. Pero a mí me interesa mucho mirar lo contrario: aquello que lo incomoda, lo molesta o le provoca rechazo. En esas pequeñas fisuras suelen aparecer miedos, frustraciones o deseos que no se dicen en voz alta, pero que terminan marcando su manera de actuar.

 

La elocuencia del silencio
Los diálogos ayudan, claro, pero los silencios dicen más. Me fijo en qué hace el personaje cuando el silencio se vuelve incómodo, cuando no encuentra palabras o decide callar. A veces, lo más revelador no es lo que dice, sino aquello que evita decir.

 

Habitar su lugar
Intentar ponerse en el lugar de un personaje puede ser un ejercicio interesante, pero también engañoso. Existe el riesgo de leerlo desde nuestras propias emociones y no desde las suyas. Por eso, cuando intento habitar su lugar, me pregunto si el texto ofrece señales reales de lo que ese personaje siente, piensa o intuye. Leer también es aprender a no imponer una voz donde lo que corresponde es escuchar.

 

La relación con el tiempo
Otra clave es observar desde qué tiempo vive el personaje. Algunos están atados al pasado; otros sobreviven en un presente impulsivo, casi sin pausa. Hay quienes viven adelantados, atrapados en un futuro lleno de ansiedad. Ese tiempo interior marca su ritmo y su manera de responder al mundo.

 

La tensión entre el creador y su criatura
Este punto siempre me llama la atención. A veces el autor intenta cuestionar una postura, pero crea un personaje que la defiende con una lógica tan sólida que termina siendo fascinante. En ese gesto, el escritor entra en un diálogo consigo mismo y, no pocas veces, el personaje se le escapa y conduce la historia hacia un lugar inesperado.

Mirar esa tensión no significa hacer una biografía del autor. El autor es una persona; el personaje, otra cosa. Sin embargo, al escribir es imposible no dejar rastros. A mí me interesa seguir esas huellas: las contradicciones, las preguntas, las fisuras que se filtran en la ficción. No la vida de quien escribe, sino esa sombra que se cuela entre líneas.

 

Lo que queda sin resolver
Hay preguntas que el autor no logra cerrar y que, casi sin darse cuenta, deposita en sus personajes. No son confesiones ni datos personales, sino tensiones profundas que quedan abiertas. El personaje se vuelve entonces un espacio de búsqueda: dice lo que el autor se permite formular, aunque no siempre encuentre respuesta.

 

El secreto del personaje
Los personajes, como nosotros, guardan secretos. Cosas que no cuentan, verdades que prefieren esconder, incluso de sí mismos. Seguir ese rastro de lo que se calla suele llevarnos al centro del personaje, a una verdad frágil que no necesita ser dicha para hacerse sentir.

 

El cuerpo que habla
A veces olvidamos que los personajes no solo piensan: habitan un cuerpo. Me fijo en cómo caminan, cómo respiran cuando algo los inquieta, qué hacen con las manos cuando dudan o mienten. El cuerpo suele decir lo que las palabras no alcanzan.

 

La idea que el personaje tiene de sí
No siempre coincide con lo que realmente es. Hay personajes que se creen fuertes y resultan frágiles; otros se piensan insignificantes y sostienen toda la historia. Esa distancia entre lo que creen ser y lo que el texto muestra abre un conflicto interior más hondo y, a veces, más humano.

 

Al final, entrar en un personaje es una experiencia distinta para cada lector. Cuando cierro un libro, no me llevo solo una historia, sino la huella de alguien que, aunque nació en la ficción, me deja preguntas, me quita certezas y me recuerda que leer no es corregir una voz, sino aprender a escucharla.

 

 

 Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.

 

 

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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