
Dorys Rueda
Febrero 7, 2026.
Creo que soy de las personas que se concentran mejor cuando escriben o están en el aula, más que bajo las luces de un set de televisión; tal vez porque allí la mirada no se impone del mismo modo. En un set, todo parece exigir una atención distinta: el foco que da justo en los ojos, el aviso de “estamos al aire”, que llega antes de que una termine de acomodarse en la silla. La mirada detenida del entrevistador y la de una cámara que no pestañea me incomodan más de lo que quisiera admitir.
Lo descubrí una vez, en pleno set, cuando la sensación de estar siendo observada fue tan intensa que, además de olvidar cómo parpadear con naturalidad, empecé a preguntarme si estaba respirando muy fuerte o demasiado bajo. Dudé de la postura correcta, de la posición de los pies. Pensé si cruzar las piernas era demasiado informal o peligrosamente relajado, y si descruzarlas me hacía parecer rígida.
Esa duda se extendió pronto a gestos más pequeños. La sonrisa apareció como un problema: ¿demasiado seria?, ¿demasiado amable?, ¿fuera de lugar? Incluso pensé en mi cabello, que llevo muy corto, y me pregunté si era demasiado corto para la cámara. Dudé de si debía acomodarlo, aunque no hubiera mucho que acomodar, y confirmé que el cabello corto no ofrece escapatoria: no se puede recoger, ni esconder, ni negociar con él cuando una lente decide examinarlo de cerca.
Con el tiempo entendí que esa experiencia no es tan distinta de lo que ocurre en situaciones cotidianas, cuando alguien nos observa con demasiado interés. Basta estar en el metro y sentir una mirada fija para que el cuerpo entre, casi sin aviso, en modo revisión general: ¿cómo está mi traje?, ¿el peinado sigue en su sitio?, ¿la postura es esta o la otra? Bajamos la mirada hacia el bolso, miramos los zapatos con disimulo y revisamos el celular, no porque haya llegado un mensaje, sino para asegurarnos de que al menos una cosa en todo el conjunto parezca bajo control.
Pero esa misma mirada, hoy, ya no provoca solo incomodidad. En un bus, por ejemplo, inquieta. A la revisión del cuerpo se suma una alerta aprendida. La atención se desplaza hacia las manos ajenas, hacia los movimientos mínimos del entorno. Ajustamos el bolso contra el cuerpo, calculamos distancias, repasamos mentalmente por dónde movernos si algo ocurre. La mirada del otro ya no nos hace dudar únicamente de cómo estamos sentados; nos obliga a leer el espacio con una cautela que antes no era necesaria.
Al final, la incomodidad no proviene solo de ser observados, sino de lo que esa mirada activa en nosotros. No es tanto la presencia del otro lo que modifica el gesto, sino la conciencia repentina de estar expuestos. A veces buscamos espacios donde esa presión se atenúe. No siempre es posible. Pero incluso reconocer esa tensión —nombrarla sin exagerarla— permite que algo se afloje, aunque sea por un momento.
