
Conducir —o simplemente sobrevivir a la ciudad— es un trabajo en equipo sin uniforme, sin capitán oficial y sin medallas. Lo único que nos salva del caos absoluto es el autocontrol. Sin él, un semáforo en rojo se convierte en tragedia y una bocina suena como si anunciara el fin del mundo. Por eso, cada integrante de este equipo urbano tiene su misión.
El conductor es el protagonista de esta novela en movimiento. Su autocontrol es vital, sobre todo cuando alguien se le atraviesa sin direccionales, como si estuviera ensayando un truco de desaparición. También debe resistir la tentación de usar la claxon como si fuera terapia emocional: un toque para la frustración, otro para la injusticia y uno más “porque el día lo pidió”. Y quizá lo más heroico de todo: morderse la lengua justo a tiempo para no soltar una palabrota que arruine el aire del carro, y no perseguir al conductor que lo cerró, aunque su imaginación —muy creativa, por cierto— le ofrezca tres ideas para vengarse en los próximos veinte metros.
A su lado, el acompañante cumple un rol menos evidente, pero igual crucial. Su autocontrol debe activarse para no convertirse en un GPS defectuoso que anuncia giros con entusiasmo pero sin precisión: “gira aquí… bueno, no, allá… no, era antes… ¡ay, ya me confundí!”. También debe evitar la famosa frenada fantasma, ese impulso de hundir el pie como si debajo del carro hubiera un pedal secreto que solo él conoce. Y, quizá lo más desafiante: contener el “¡cuidado!” cada minuto, porque ese eco envejece al conductor en tiempo real.
Mientras tanto, el peatón aporta su cuota de tensión y equilibrio. Debe ejercer autocontrol para no cruzar donde le venga en gana, como si fuera protagonista de una película de acción. También debería evitar ese paso firme y valiente que declara: “yo cruzo porque sí y tú frenas porque te toca”. Y, por si fuera poco, necesita recordar que mirar al conductor antes de lanzarse no le resta dignidad, pero sí puede evitarle una visita prematura al traumatólogo.
En este mismo escenario, los policías de tránsito sostienen la coreografía general. Su autocontrol se nota cuando organizan la congestión con calma, incluso cuando un taxi decide estacionarse en plena avenida “solo un ratito” que, misteriosamente, siempre dura tres siglos. Deben permanecer atentos, sin refugiarse en una esquina a revisar el celular, porque el tráfico, en cuanto los ve distraídos, se desordena con una rapidez que desafía toda lógica. Además, requieren una buena dosis de serenidad para no exaltarse cuando un conductor decide inventarse un carril, saltarse un semáforo o frenar de golpe como si hubiera visto una aparición.
Los motociclistas aportan adrenalina al cuadro y, por eso mismo, necesitan autocontrol extra. Deben resistir la tentación de sentirse acróbatas profesionales o de pasar entre dos autos separados por milímetros, como si estuvieran filmando una escena de "Misión Imposible". También deben evitar aparecer por el lado izquierdo, por el derecho o desde alguna cuarta dimensión donde las reglas del tránsito parecen opcionales. Cuando logran contener ese impulso de convertirse en cometas humanas, el tráfico entero respira aliviado.
A su ritmo, los ciclistas recorren la ciudad con casco y valentía. Requieren serenidad para pedalear sin tomarse nada personal: ni la bocina impaciente que suena como si anunciara el apocalipsis, ni el carro que pasa demasiado cerca creyendo que vienen blindados, ni el peatón que cruza confiado como si las bicicletas fueran hologramas. Además, necesitan autocontrol para no indignarse cuando un conductor invade el carril bici “solo por un segundito” o cuando alguien abre la puerta del auto sin mirar, como si viviera en un universo donde la ley de causa y efecto fuera opcional. Pedalear en la ciudad es, en realidad, una disciplina espiritual con ruedas.
Completa el equipo ese ejército silencioso de vendedores ambulantes y limpiaparabrisas. Necesitan un autocontrol admirable para no aparecer en la ventanilla del conductor justo cuando este está peleándose con el freno, el GPS y la vida. Deben medir el momento exacto para ofrecer su producto sin asustar a nadie, evitar apoyar medio cuerpo sobre el capó como si fueran parte del inventario del carro, y contener la tentación de limpiar un parabrisas que no lo pidió. También requieren paciencia para aceptar un “no, gracias” dicho con cara de lunes y autocontrol para mantenerse firmes bajo el sol que derrite la paciencia y bajo la lluvia que borra las ganas.
Al final, la ciudad funciona gracias al autocontrol de cada integrante de este equipo: el conductor que respira antes de perder la paciencia, el acompañante que piensa dos veces antes de gritar “¡cuidado!”, el peatón que mira a ambos lados aunque tenga prisa, el policía que ordena el caos sin perder la fe, el motociclista que frena su impulso de hacer maniobras de película, el ciclista que recuerda que no pedalea en el Tour de Francia ni en el Giro de Italia, sino en una avenida real, y también el vendedor ambulante que espera el momento justo para acercarse sin invadir el espacio del conductor. Si todos ponemos un poco de calma, un poco de tino y un poco de humor, la ciudad avanza más suave y nadie envejece tres años en un semáforo.
Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.
