La vida no siempre habla en voz alta.

A veces sus mensajes son hilos de luz que caen sobre el día sin hacer ruido:
una coincidencia que se repite,
una canción que aparece en el verso exacto,
una frase escuchada al pasar como si viniera dirigida a nosotros.

Son señales tímidas, ciertas, que se acercan sin empujar.

Hay gestos que rozan el aire como claves pequeñas:
un silencio que pesa diferente,
un cambio mínimo en la voz,
una sensación que vuelve sin ser llamada.


La vida insiste con detalles casi invisibles,
como si confiara en que sabremos leerlos.

A veces la señal llega en forma de sonido.
Una risa —breve, luminosa, conocida—
atraviesa el espacio
y el cuerpo se estremece sin permiso.


No es que la risa sea idéntica:
es que guarda el timbre de alguien que amamos,
alguien que ya no está,
o que ya no está como antes.

Entonces el corazón reconoce lo que la mente guardó en silencio.

Las señales también hablan desde lo que no fue olvidado.

Hay recuerdos que vuelven con una puntualidad inquietante.
Uno está preparando café,
ordenando una habitación,
abriendo un correo,
y de pronto llega una memoria que no habíamos llamado.
No irrumpe: se posa.
Como si conociera la hora exacta en que podíamos sostenerla.

Trae un hilo, una verdad,
un pedazo de historia que pide ser escuchado.

Y hay señales que duelen un poco:
una respuesta demasiado breve,
un paso que ya no suena igual,
un silencio que no es pausa sino aviso.

La vida no pretende herirnos:
solo encuentra formas suaves de revelar lo pendiente,
lo que aún teme ser mirado de frente.

A veces la clave llega en forma de objeto encontrado:
una fotografía caída de un cajón,
una nota antigua,
un aroma que despierta un pensamiento.

Hay imágenes capaces de abrir un millón de emociones:
tristezas que creíamos dormidas,
ternuras que no sabíamos vivas,
amores que ya no están
pero respiran en la memoria con la fidelidad de lo esencial.

Las fotos conocen verdades que el tiempo nunca terminó de borrar.

Tal vez nada sea casual.
Tal vez todo guarda una sincronía secreta:
la risa que despierta un recuerdo,
la fotografía que aparece tres veces,
el pensamiento que insiste cuando cae la tarde.

No son coincidencias:
son puertas pequeñas que la vida abre con paciencia.

Y cuando finalmente desciframos una —aunque sea una sola—,
algo se acomoda dentro.
El día late distinto.
La memoria enciende un rincón olvidado
y el alma reconoce un idioma que había dejado de usar.

Entonces comprendemos que la vida siempre habló:
la que estaba en silencio
era nuestra escucha
esperando el valor de oír.

 

Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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