Hay presencias que no hablan
y aun así hacen que la casa se sienta distinta.
Basta escucharlas moverse,
verlas pasar entre las cosas,
para notar que algo se acomoda
y el día se vuelve un poco más liviano.

Una mascota no llega para llenar silencios,
llega para compartirlos.
Se instala en la rutina
y, sin darse cuenta,
la vuelve más amable.

Traen una calma sencilla:
una mirada que acompaña,
un cuerpo que se queda cerca,
un gesto que dice “estoy aquí”
sin pedir nada.

Hay días en que el mundo pesa más de lo normal.
En esos días, su cercanía alcanza.
No hace falta hablar.
El cariño se entiende de otra manera,
en quietudes compartidas,
en ese estar juntos
que no necesita explicación.

Una mascota nos cambia despacio.
Nos vuelve más atentos,
más pacientes,
más capaces de cuidar
sin esperar nada a cambio.

Y cuando ya no están,
la casa lo sabe.
Queda un silencio raro,
una ausencia que todavía camina
entre los cuartos.

Pero no se van del todo.
Siguen en los horarios,
en los rincones,
en la forma en que aprendimos a querer.

Porque el amor que dan
no hace ruido,
pero se queda.

 

Libro inédito, 2026.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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