
Vivimos en un tiempo que nos dice, a cada momento, cómo deberíamos ser. Las pantallas muestran modelos impecables, los números comparan, corrigen, ordenan. En medio de todo eso, la imperfección aparece casi sin permiso. No como una rebeldía declarada, sino como algo que se escapa. Un gesto torcido, un paso fuera de lugar, una forma de estar que no termina de encajar. Y quizá por eso mismo, resulta tan viva.
En ese paisaje, el bailarín andino se mueve sin buscar exactitud. Sus pasos no son iguales entre sí ni pretenden serlo. Levantan polvo. Remueven memoria. Cada huella queda marcada de forma distinta, como si el cuerpo recordara cosas antiguas, cosas que no siempre pasan por la cabeza. Allí donde la uniformidad intenta borrar diferencias, esos pasos desiguales siguen insistiendo.
El primer movimiento no es seguro. Es más bien un tropiezo. Una pequeña caída que suena como un tambor viejo. El bailarín duda, teme romper el compás del rito, desordenar lo aprendido. Pero el suelo está ahí. Firme. Sosteniéndolo. Y poco a poco le enseña algo sencillo: también desde el error se puede seguir.
Con el tiempo, el temblor se aquieta. Las manos dejan de pedir permiso. El desorden empieza a acomodarse sin volverse rígido. La danza ya no se corrige tanto. Se escucha. Se vuelve un diálogo entre el cuerpo y la tierra, donde la imperfección deja de pesar y empieza a echar raíces.
El baile cobra sentido cuando el bailarín se entrega. Cuando deja de ajustarse y sigue el pulso del viento, del tambor, del propio corazón. Sus pasos irregulares dibujan formas que nadie podría prever. Lo que antes parecía torpeza se vuelve expresión. No hay una coreografía exacta ni un aplauso esperado. Solo un cuerpo moviéndose bajo el cielo abierto, dejando que cada error diga algo propio.
Cuando la música se apaga, no todo se detiene. Algo queda vibrando, aunque no se sepa bien qué. No es la perfección lo que permanece, sino la huella honesta de quien se animó a bailar así, sin corregirse todo el tiempo. El bailarín entiende entonces que su camino no termina en la fiesta. Continúa en la mirada de otros, en quienes, al verlo, sienten ganas de mover sus propios pasos.
Así, la imperfección se vuelve herencia. No como una consigna, sino como un permiso. Un gesto que pasa de uno a otro. Un eco suave que atraviesa el tiempo e invita a bailar sin miedo, bajo un cielo que no exige, no ajusta, no corrige. Solo acompaña.

Libro inédito
