
Basado en los días en que Otavalo detuvo su ritmo durante el paro de octubre de 2025, en Ecuador
Mi ciudad
fue siempre un telar que respiraba.
No perfecto.
No ordenado del todo.
Pero vivo.
En sus hilos
se mezclaban
los sonidos de la mañana
y las voces de cada día:
el saludo rápido al pasar,
el paso compartido sin pensarlo,
la puerta que se abría
porque sí,
porque era normal.
Gestos pequeños.
Cosas simples.
De esas que no se nombran,
pero sostienen.
Decían, sin decirlo:
aquí estoy.
El aire pasaba
entre esas hebras
y uno sentía
—sin pensarlo mucho—
que la vida,
así como venía,
alcanzaba.
Era un tejido antiguo,
hecho de manos conocidas,
de caminos gastados,
de una memoria
que no necesitaba explicarse
para seguir ahí.
Arriba,
el Imbabura.
Siempre.
No como dios,
ni como juez.
Más bien
como alguien que mira
sin apurar,
sin meterse,
pero sin irse nunca.
Atento a ese pulso
que juntaba una vida con otra,
un color con el siguiente,
un día con el que venía después.
Y en su quietud,
tan simple,
tan constante,
la ciudad descansaba.
No porque lo supiera,
sino porque podía.
Sin imaginar
que alguna vez
esa calma
iba a doler.

Libro inédito
2026
