Hay palabras que no apuran.
Se quedan quietas, como una melodía bajita,
esperando que alguien las escuche de verdad.
No hacen ruido, pero están ahí,
latentes,
aguardando a que alguien se detenga.

El lector llega a un libro así, sin anunciarse.
A veces no lo buscaba.
Solo abrió una página
y algo empezó a sonar adentro.
Entonces las palabras despiertan,
no porque griten,
sino porque alguien les prestó oído.

Leer es dejarse habitar.
El texto propone un ritmo,
una pausa,
un silencio.
Pero es el lector quien decide
dónde quedarse,
qué frase repetir en voz baja,
cuál pasar rápido
y cuál dejar resonando.

El escritor deja señales,
como acordes sueltos.
El lector los recorre
y, sin darse cuenta,
los vuelve propios.
Por eso ningún libro se lee igual dos veces.

El sentido no se cierra en quien escribe.
Necesita a quien lee para completarse.
En ese encuentro,
las palabras dejan de estar solas
y se vuelven experiencia compartida.

Entonces el libro ya no pertenece del todo a su autor.
Empieza a vivir en quien lo lee,
como una canción interior
que aparece en cualquier momento del día.

Porque, al final,
un libro no quiere ser entendido.
Quiere ser escuchado.

 

  

Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.

 

 

  

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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