Cada vida se parece a un libro que nunca termina de cerrarse. Pasa de mano en mano, queda abierto en miradas ajenas. Quien se cruza con nosotros lee algo, aunque no lo sepa. Y, sin proponérselo, también escribe: completa lo que no dijimos, interpreta lo que callamos, imagina lo que dejamos a medias.
Hay personas que apenas nos hojean. Nos leen rápido, sin detenerse demasiado, y nos recuerdan como se recuerda una anécdota mínima, algo que pasó y siguió su camino. Otras, en cambio, leen despacio. Se quedan. Observan los gestos, escuchan los silencios, subrayan sin lápiz lo que les importa. Sin darse cuenta, nos llevan consigo y nos mezclan con su propia historia.
También están quienes creen firmemente en un yo verdadero. Piensan que, detrás de tantas miradas, hay algo fijo, un centro que no cambia, una versión de nosotros que nadie puede tocar. Para ellos, la vida no es una biblioteca infinita, sino un solo libro escrito desde adentro, sin correcciones externas.
Otros sostienen que toda historia tiene un final claro. Creen que, en algún punto, el libro se cierra: con la muerte, con lo que dejamos hecho, con lo que otros cuentan de nosotros. Las páginas se guardan entonces en el tiempo y la lectura, inevitablemente, termina.
Y están quienes desconfían de la metáfora. Dicen que no somos libros ni relatos, sino actos concretos, decisiones que no se borran, memorias hechas de cuerpo y no de papel. Que compararnos con páginas es quitarle peso a lo vivido.
Tal vez tengan razón todos, un poco. La vida no cabe en una sola imagen. A veces somos libro abierto, otras relato que se cierra, otras pura materia viva que se desborda. Nos movemos entre lo que cambia y lo que permanece, entre lo que otros reescriben y lo que ya no se puede mover.
Quizá vivir sea aceptar eso. Ser páginas abiertas y, al mismo tiempo, algo que resiste. Seguir escribiendo, aun sabiendo que no todo se dice. Y mientras tanto, dejar espacio —en los márgenes, en los silencios— para las líneas que todavía no sabemos cómo escribir.

Libro inédito, 2026
