Dicen que la nostalgia no se puede medir, pero yo creo que sí: basta observar cómo se acomoda en el cuerpo. Tiene formas que no obedecen a la lógica, pero sí a la memoria. A veces es redonda, como el abrazo que nunca llegó. Otras, toma la forma de un triángulo inestable, donde todo tiembla. Se arrastra como una línea quebrada en las tardes sin nombre o se enreda dentro del pecho como un polígono sin salida. La nostalgia también tiene geometría. Solo hay que aprender a leerla.

Gira y vuelve. Gira y vuelve. La nostalgia no avanza: da vueltas en espiral por los mismos rincones del alma. Regresa cada vez que el viento huele a infancia, cada vez que una voz se parece a la de alguien que ya no está. Es un círculo perfecto, sin vértices ni escapatorias. Redonda como el plato vacío en una mesa que alguna vez fue fiesta, como el reloj que marcó la hora exacta en que algo se rompió por dentro. No tiene principio ni final: solo retornos. Y en ese vaivén, el corazón se acostumbra a lo imposible.

A veces, sin darnos cuenta, nos sostenemos sobre tres vértices invisibles: una persona, un lugar, un instante. Si uno de ellos se rompe, toda la figura se desploma. La nostalgia, entonces, se convierte en un triángulo frágil, hecho de presencias ausentes. Cada lado es un hilo fino que une el presente con lo que fue, y cada borde vibra con la memoria de algo que no se repite. Hay días en que ese triángulo se convierte en una flecha que apunta directo al pecho. Otras veces, queda suspendido como una cometa hecha de viento, silencio y deseo.

Pero no toda nostalgia tiene forma definida. Algunas se dibujan como líneas quebradas, trayectorias torcidas que nunca llegan a destino. La memoria no es una línea recta: tiene dobleces, desvíos, cortes. Recordamos con ternura y también con errores, reconstruyendo lo vivido con piezas imprecisas. Esas líneas rotas nos conducen por senderos que creíamos olvidados y que, al tocarlos, aún vibran. Caminamos sobre ellos con pies inseguros, como quien recorre caminos que cambian con cada paso.

Y cuando las formas simples ya no alcanzan, aparece el laberinto. Algunas nostalgias son polígonos imposibles: figuras con demasiados lados, con puertas que no conducen a ningún sitio. Son recuerdos con nombres, voces, sombras que no se borran. Uno entra en ellos buscando sentido y solo encuentra más vértices. Cada rincón tiene su propia tristeza, su propio resplandor antiguo. No hay salida clara, solo un deambular entre rostros que se desvanecen y esquinas que se repiten como espejos.

En suma, la nostalgia no es solo un sentimiento: es una figura que nos contiene y nos desborda. Tiene simetrías rotas, lados que no se tocan, puntos que coinciden en el aire pero no en el tiempo. Quien la siente, aprende a caminar por geometrías invisibles, midiendo con el alma aquello que ya no se puede tocar con las manos.

 

 Dorys Rueda, Reflexiones.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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