Hubo un tiempo en que el punto y coma tenía su lugar en el mundo.

No era una pausa cualquiera: era una frontera sutil entre dos pensamientos que se rozaban sin romperse. Permitía respirar sin concluir; avanzar sin precipitarse.

Era la pausa justa del que piensa antes de seguir hablando. Tenía algo de puente; algo de equilibrio; algo de contención. Hoy lo miran con recelo, como si fuera un lujo antiguo, un mueble heredado que estorba.

Los teclados lo esconden; la prisa lo borra. Y, sin embargo, él permanece: discreto, como un vestigio elegante de los días en que las ideas se acomodaban con mesura.

Los tres puntos suspensivos son otra cosa. No dicen: insinúan. No cierran: dejan abierta la ventana por donde se cuela el viento del misterio. Son la sombra de una emoción que no se atreve; el eco de lo que se calla; el temblor de una palabra no dicha.

Antes eran nostalgia, ironía, despedida, deseo suspendido. Hoy los confunden con duda o con desidia; con indecisión o con olvido. Pero quienes los conocen bien saben que en esos tres pasos invisibles se esconde un abismo de significados. Son el lenguaje del alma cuando esta no quiere hablar en voz alta.

Y luego está la raya —esa línea larga que no es guion—: solía extenderse con elegancia para dejar pasar una voz, un pensamiento repentino, una verdad inesperada. Tenía la osadía del que interrumpe, pero con estilo. Era ruptura, sí; pero también ritmo. Era entrada lateral, giro imprevisto, confidencia súbita.

Hoy ha sido desplazada por signos más tímidos, más dóciles, más silenciosos.

La han sustituido sin pena ni gloria. Pero la raya era una decisión: una interrupción que abría puertas, no que las cerraba.

Y no olvidemos a los dos puntos: esos centinelas que anuncian sin imponer, que preparan sin exigir. Son la pausa que ofrece; que entrega sin adornos. Antes de una enumeración, de una revelación, de una cita o de un giro inesperado, allí están: firmes, sobrios, atentos.

Tienen la nobleza del que cede el paso; del que prefiere señalar antes que explicar. Pero en estos tiempos de mensajes cortos, muchos ya no entienden su valor. Han dejado de esperar lo que viene después. Y, sin embargo, los dos puntos siguen ahí, humildes, como quien extiende la mano y dice sin decir: “Prepárate, lo que viene merece ser escuchado”.

Los signos también mueren. Aunque lo hagan en silencio, sin despedidas, sin estruendos. Mueren poco a poco, no de heridas visibles, sino de olvido, de desuso, de la prisa con la que hoy se escribe.

Desaparecen como una palabra que ya nadie pronuncia, como una pausa que el tiempo dejó de respetar. Se apagan en los dedos que ya no los buscan; en las frases que ya no los necesitan; en las voces que ya no los reconocen. 

Y, sin embargo, dejan rastros: hay oraciones que se tambalean cuando falta un punto y coma; hay silencios que solo los tres puntos pueden nombrar; hay pensamientos que piden una raya para irrumpir con dignidad; hay verdades que solo los dos puntos pueden anunciar.

Y tal vez no sea nostalgia lo que sentimos, sino gratitud. Porque estos signos, más que reglas, fueron gestos del alma: formas de mirar entre palabras; de respirar con las frases; de escribir con los sentidos. Fueron una manera de detenerse, de observar, de sentir lo que no cabe en una línea recta.

Recordarlos no es una cuestión de normas ni de precisión: es un gesto de cariño hacia el lenguaje; una manera de acariciar las palabras con pausas sinceras. Porque en cada signo que se respeta, en cada silencio que se deja vivir sobre la página, late el anhelo de una escritura más íntima, más consciente, más viva.

 

Dorys Rueda, Reflexiones.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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