No tenía nombre propio. No era letra, no era palabra, tampoco un signo que irrumpiera con fuerza en la página como un grito o una pregunta. Era apenas un trazo oblicuo, una línea leve, mínima, inclinada como si cargara con su propio silencio. Se posaba sobre ciertas vocales con la delicadeza de una lágrima suspendida entre el sonido y el sentido. Una tilde. Y nadie parecía recordarla.

Durante años había cumplido su oficio con devoción callada. No buscaba protagonismo. Sabía que su fuerza no residía en el ruido, sino en la precisión. Donde se asentaba, la palabra se recogía, se afinaba, se volvía nítida. Su trazo, breve y alto, era un acto de intención: inclinaba el lenguaje hacia el significado. Como una brújula muda, apenas visible, marcaba sin alarde el lugar exacto donde el alma de la palabra debía respirar.

Pero con el tiempo comenzó a sentirse más liviana, como si se volviera translúcida, como si su trazo ya no pesara sobre las sílabas. Nadie la buscaba. Nadie advertía su ausencia. En los correos electrónicos, en los carteles que cuelgan de las vitrinas, en los anuncios marchitos de los diarios, en los cuadernos escolares,  en las páginas web y hasta en las libretas de los maestros, las palabras comenzaban a escribirse sin ella. Palabras que antes la buscaban como quien busca abrigo en el viento, ahora avanzaban solas, deshabitadas, sin eco ni latido, desnudas de intención y sentido.

Al principio creyó que era un descuido, un olvido inocente. Después pensó que se trataba de una costumbre pasajera, de esos atajos modernos que la prisa impone. Pero con los días comprendió algo más profundo, más doloroso: ya no la necesitaban. Su ausencia no era error. Era decisión. El mundo había empezado a prescindir de ella como quien deja de saludar a un vecino que alguna vez fue importante.

Y entonces, por primera vez, dudó. No del lenguaje, sino de sí misma. ¿Puede una tilde seguir siéndolo si nadie la escribe, si nadie la piensa, si nadie la extraña? ¿Puede existir lo que ya no se nombra?

El pensamiento se le volvió carga, pero en lugar de hundirla, comenzó a borrarla. Ya no lograba sostenerse sobre ninguna vocal. Su trazo se deshacía al tocar una sílaba, como si el lenguaje mismo la rechazara con la cortesía del olvido.

Sintió vértigo. No era caída. Era vacío. El vértigo de no tener lugar, de no pertenecer, de no saber si alguna vez fue más que un trazo leve sobre el sentido.

Ya no era forma. Era duda. Una línea sin propósito, una inclinación suspendida entre lo que alguna vez significó y lo que ahora se desvanecía sin duelo, sin rastro.

No huyó. No protestó. Solo deseó apagarse sin hacer ruido. Se replegó como un resplandor que nadie mira, como una chispa que comprende que no habrá noche para encenderse.

Entonces se arrojó fuera del papel, más allá de los márgenes, por entre las grietas de un teclado dormido. No buscaba refugio, ni destino. Solo dejar de insistir en su forma. Era el gesto último de quien ya no espera ser nombrado.

Y justo cuando su trazo comenzaba a disolverse hacia la nada, una hoja tembló. Un cuaderno olvidado se abrió por sí solo, como si algo en su interior aún respirara. El papel en blanco no la miró con ojos, sino con espera. Con espacio. Como si aún quedara una palabra por escribirse y su ausencia —tan pequeña, tan precisa— pudiera doler.

Fue entonces, suspendida entre la fuga y la forma, que comprendió que algo la sostenía. Un hilo mínimo, pero suficiente.

Dorys Rueda, Reflexiones.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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