Todas las noches repetía:
—Tu padre decía eso siempre.
Sus hijos la miraban sin entender.
—¿Qué papá?
Nadie sonreía. Nadie parecía dudar.
La pregunta no tenía sentido para ellos.
Probó con fotos. Señaló su rostro.
—Aquí estamos, en mi cumpleaños. Este es él.
Silencio absoluto.
Fue a la habitación. Revisó la chaqueta, la ropa, los objetos que él había dejado.
Todo seguía en su lugar.
Todo, menos él en la memoria de la familia.
No tardó en descubrir que no era la única.
En el supermercado, una mujer dijo en voz baja:
—A mi hermano nadie lo recuerda. Murió la semana pasada.
La cajera, sin levantar la vista, añadió:
—A mi hijo tampoco lo recuerdan en casa.
Un hombre que esperaba pagar exclamó:
—A mi esposa tampoco la recuerdan. Ni siquiera sus propios padres.
Hubo un breve silencio.
Entonces entendió.
No era olvido.
Algo —o alguien— estaba borrando a las personas.
Esa noche escribió su nombre en varias hojas.
Debajo, añadió quién era.
Las dejó por toda la casa.
Por si acaso.
Por si mañana
era ella la borrada.
