
Era un corto sueño que se repetía noche tras noche, a la misma hora. Una joven de piel clara decía mi nombre, pero siempre se equivocaba. Lo decía dos, tres veces. Pero siempre mal.
Me despertaba entonces, asustado. No entendía por qué mi imaginación la inventaba así.
Una vez quise decirle cómo se pronuncia correctamente mi nombre, pero no pude hacerlo cuando mis ojos se toparon con los suyos.
Algo no encajaba.
No era un recuerdo.
Yo estaba ahí…
pero no como quien recuerda.
Más bien, como quien aparece.
Desde entonces, cuando despierto, tardo un momento en decir mi nombre en voz baja.
A veces lo repito…
para comprobar que aún me pertenece.
Antes de que, en su sueño, vuelva a olvidarlo.
