
Vivían juntos desde hace tiempo.
No hablaban de frente.
Se decían las cosas
como quien deja caer migas
para que otro las encuentre.
—Qué raro que nadie haya sacado la basura…
—Sí… sobre todo cuando alguien pasó todo el día en casa.
Y así, día tras día,
se iban diciendo lo que no decían.
Hasta que una mañana
la casa amaneció en silencio.
La basura seguía en su lugar…
las tazas, intactas…
y las palabras, suspendidas.
Y por primera vez
no hubo nadie
a quien dirigir la indirecta.
