
Cada vez que escribo, alguien lee. Las frases avanzan sin saber todavía a dónde van. Yo empujo la página; él sigue y pasa.
Una línea lo demora. No es decisión: una palabra se le queda en la mano, como una hebra suelta que no termina de caer.
Yo escribo para moverme, para no quedarme demasiado. Él lee despacio, se detiene donde yo paso, como si el avance necesitara cuidado.
Me llevo lo que aún no existe. Él cuida lo ya dicho como si lo acabara de encontrar.
A veces pienso que, mientras permanece, el lector descubre algo que a mí solo me alcanza cuando sigo.
Por eso escribo: porque alguien, sin proponérselo, se queda cuando yo me voy.
