Hubo un tiempo en que la moda no eran los trajes ni los zapatos de marca, ni siquiera comer en lugares sofisticados. La verdadera novedad eran las pulseras-reloj: pequeños artefactos que no solo daban la hora, sino que gestionaban las emociones. Si alguien despertaba sin saber qué hacer con su día, bastaba con programarse cómo sentirse.

Una mañana cualquiera, como tantas otras, ellos estaban sentados frente a frente, dispuestos a desayunar. El lugar era amplio y luminoso, lleno de cristal. A su alrededor, gente que pagaba por un café que sabía apenas a café, y a nadie le importaba.

Él, en cambio, estaba aburrido. No se sentía atraído por la chica; el tedio le pesaba más que el hambre. No esperó a que llegara el pedido. Empezó a jugar con la pulsera, sin saber bien qué buscaba. Entró al menú de sentimientos y, solo para romper la monotonía, subió la barra hasta un 95% de enamoramiento total.

El efecto fue inmediato.

El mundo se le llenó de colores. La miró y sintió que el corazón se le derretía. De pronto, todo lo demás dejó de importar: el desayuno, la gente, el ruido amable del lugar, el vidrio.

Ella, en cambio, estaba en otra sintonía. No le gustaba el muchacho. Había ido solo por el desayuno. Nada más. Cuando notó cómo él la devoraba con la mirada, sintió un leve vértigo. Entonces hizo lo suyo. Sin prisa, buscó su pulsera y, con dos toques precisos, programó un 80% de frialdad ejecutiva.

Mientras él se inclinaba sobre la mesa, casi rozándole la mano con una ternura desbordada, ella se recostó en la silla. Lo miró de arriba abajo, como quien detecta un error en una hoja de cálculo y arqueó una ceja.

Él, atrapado en su 95% de amor ciego, ni siquiera se ofendió. La miró con más adoración aún, convencido de que su desprecio era lo más fascinante que había visto en su vida.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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