
El ejecutivo pensaba el amor como un proyecto bien diseñado: objetivos claros, estructura firme, ninguna modificación una vez aprobado el plan.
Ella era matemática pura: prefería los sistemas cerrados, las demostraciones limpias y las conclusiones que no necesitan adjetivos.
Creyeron, al principio, que hablaban el mismo idioma.
Por eso comenzaron a escribirse por el celular, con la confianza de quienes creen entenderse sin verse demasiado.
Y así, casi sin notarlo, empezó la semana.
El lunes él escribió que lo suyo tenía una forma clara, que nada estaba fuera de lugar.
Ella respondió que, si la forma era clara, el objeto estaba bien definido.
Él confirmó una intuición.
Ella aceptó la definición.
El martes le dijo que le gustaba que no pidiera cambios, que así el diseño se mantenía estable.
Ella respondió que la estabilidad era una condición suficiente, aunque no siempre relevante.
Él leyó suficiente como aprobación.
Ella pensó que había sido exacta.
El miércoles afirmó que con ella no hacían falta ajustes, que todo encajaba.
Ella respondió que encajar describía una condición inicial, no su desarrollo.
Él se quedó con encaja.
Ella empezó a notar un límite.
El jueves confesó que le tranquilizaba saber que nada cambiaba.
Ella respondió que, cuando nada cambia, el comportamiento se vuelve previsible.
Él sintió alivio.
Ella sintió monotonía.
El viernes escribió que la amaba porque respetaba lo que ya estaba hecho, porque no movía nada, porque no complicaba nada.
Ella respondió que entonces el resultado estaba demostrado y que, una vez demostrado, se archivaba.
Él creyó haber llegado a una conclusión sólida.
Ella entendió que el proceso había terminado.
Él guardó los planos.
Ella cerró el cuaderno.
El diseño era correcto.
La demostración, impecable.
No había errores.
Solo que ya no había motivo para seguir.
