Remendaba sombras.
No era un oficio común,
pero con los años aprendió
que también ellas se desgastan:
el sol las afina,
la lluvia las vuelve frágiles,
el polvo las llena de ausencias.
Alguien tenía que coserlas de nuevo.
La gente llegaba con la sombra caída,
deshilachada en los bordes,
más corta que el cuerpo.
Él trabajaba en silencio.
Una puntada aquí,
otra allá.
Nunca preguntaba demasiado.
Una mañana llegó un hombre
con demasiado dinero.
No pidió traje.
Pidió ayuda.
Su sombra estaba intacta.
Oscura, completa,
fiel a sus pasos.
Era el cuerpo
el que empezaba a deshacerse.
El sastre lo miró un momento,
sin tocarlo,
como se mira algo
que ya ha tomado una decisión.
Luego negó con la cabeza.
No había nada que coser.
Le dijo, con calma,
que hacía tiempo
ya no estaba ahí.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026.
