
Desperté porque algo no despertó conmigo: mis manos.
En mis muñecas, dos sombras temblaban, como si no supieran decidir si volver o borrarse del todo.
Caminé por la casa.
Todo estaba en su sitio, menos yo.
En el patio las encontré, erguidas sobre la tierra, moviendo los dedos con una atención extraña, como si midieran la luz o tantearan una señal que no me pertenecía.
Las llamé. Nada.
Me acerqué un paso y entonces ellas se giraron apenas, no para mirarme —porque ya no eran mías—, sino para darse la vuelta.
Y sin prisa, como quien recuerda un camino antiguo, comenzaron a marcharse. Caminaban con una firmeza que me hirió un poco, una certeza que nunca tuvieron conmigo.
Las vi alejarse, delicadas y decididas, como si por fin fueran libres de buscar un cuerpo más dispuesto a usarlas.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026.
