
Soy el lápiz que vive en el portafolio de una maestra.
Paso mis días entre planificaciones que quieren orden,
hojas marcadas por el apuro
y papeles que huelen a esfuerzo.
A veces escucho ideas que asoman tímidas
y se esconden antes de volverse palabra.
No tengo tinta elegante
ni pretensiones de pluma fina.
Soy grafito sencillo,
el primero en llegar
y casi siempre el primero en equivocarse.
El borrador anda detrás de mí,
corrigiendo con buena intención
y dejando siempre un rastro gris,
como recordatorio de que nada queda del todo limpio.
El bolígrafo rojo aparece solo cuando es necesario,
muy serio, muy justo,
hasta que un día se queda sin voz.
Y la regla… bueno,
ella sigue creyendo que todo puede medirse.
Hay días en que me siento importante.
Otros, apenas útil.
La mayoría, simplemente presente.
Escribo ideas ajenas
y dibujo las mías en los márgenes,
donde nadie las juzga.
He firmado tareas,
corregido frases a medias,
dibujado corazones, flechas y caritas
durante reuniones demasiado largas.
He visto pensamientos nacer con miedo
y otros perderse sin drama.
A veces me deslizo con soltura.
Otras, me tropiezo con café,
con prisas
o con un cansancio que también escribe.
Cuando el sacapuntas me llama,
no protesto.
Es parte del oficio.
Cada viruta que cae
es una oportunidad de volver a empezar.
Y cuando nadie me usa
y quedo quieto,
me consuelo pensando
que el silencio también descansa.
Pero entonces la maestra abre el portafolio,
me deja sobre el escritorio,
y alguien me toma prestado
para subrayar una idea.
Ahí entiendo todo:
no vine a escribir perfecto,
vine a acompañar el intento.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
