
En un cielo azul vivía una nube joven, soñadora y un poco terca. No quería pasar rápido ni cumplir el recorrido sin dejar señal. Le costaba eso de ir flotando sin más, como si nada. Sentía —sin saber bien por qué— que podía hacer algo distinto.
Su madre, una nube gris y muy práctica, intentaba encarrilarla:
—Flota tranquila, hija. Avanza, condénsate cuando toca, llueve cuando toca. No hay apuro.
Pero la nube asentía… y seguía a lo suyo. Mientras las otras avanzaban ordenadas, ella se quedaba atrás, probando formas: un dragón, un barco, una paloma. Nada duraba demasiado. Se deshacía a mitad del intento. Aun así, volvía a empezar. Porque una nube con ideas no se rinde: se desarma y vuelve a armar.
Una tarde, con el cielo pintado de dorado, logró algo que le gustó. Un dragón apareció suspendido, hecho de bruma y luz. No era imponente, pero tenía carácter. La nube lo miró con orgullo… y enseguida con duda.
Las demás nubes la observaron de reojo.
—Siempre tan creativa —murmuró una nube vieja, inflándose un poco para disimular.
—Seguro el viento le sopla distinto —dijo otra, que ya no recordaba cuándo había tenido forma.
El sol, curioso, se asomó entre ellas:
—Interesante elección para esta hora. Bastante dramática, diría yo.
La nube quiso corregir. Vio un ala floja, el cuello raro, la cola poco convincente. Ajustó aquí, retocó allá. Al final, el dragón parecía más bien un gato confundido.
—Relájate —le dijo la madre—. Ni las lluvias salen iguales.
La nube suspiró. Estaba cansada de corregir.
Abajo, en la ciudad, la gente miraba el cielo.
—Va a llover —dijo alguien, apurando el paso.
—Es una señal —opinó otro, muy convencido.
Solo un niño, sentado en la plaza, levantó la vista sin prisa. Sonrió. Con un palo dibujó un caballo en la tierra y gritó:
—¡Haz ese!
La nube obedeció sin pensarlo. El caballo apareció torcido, ligero, con patas inquietas y crines desordenadas. El niño aplaudió. Su risa subió tan alto que al sol se le escapó una carcajada.
Por primera vez, la nube no corrigió nada. No pidió opinión. No ajustó bordes. Se quedó así. Tranquila. A gusto.
Desde entonces, cuando el cielo se llena de figuras raras —dragones que parecen gatos, caballos que no saben galopar y barcos que flotan al revés—, las otras nubes murmuran:
—Ahí va otra vez la nube artista.
Y si uno mira bien, entre la bruma, parece escucharse su voz, suave y divertida:
—Así está bien… no lo toco más.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026.
