
Inspirado en hechos reales ocurridos durante el paro de octubre de 2025, en Ecuador
Soy el sueño que lo visitó esa noche. Lo encontré despierto, mirando el techo, sin poder dormir. El silencio del encierro se le había metido en el cuerpo.
Había vuelto de Quito para pasar unos días en su ciudad. Pensaba en los amigos, en las risas, en esas noches de karaoke donde nadie cantaba bien y a nadie le importaba. Recordaba el humo de la discoteca, ese olor raro que siempre prometía algo. Creyó que la alegría lo iba a estar esperando.
Pero el tiempo se cerró de golpe.
Ahí aparecí. Me colé entre su respiración y el miedo y le mostré lo que quería ver: un convoy de ayuda entrando a la ciudad. No del gobierno. De gente.
Los motores sonaban fuertes. Desde la ventana, el joven sonrió. Por un momento pensó que el mundo todavía podía arreglarse.
Pero los sueños se tuercen rápido.
Las imágenes cambiaron. Las mismas cajas. Las mismas manos. Ahora había precios.
El arroz tenía nombre. El aceite se vendía como si fuera oro. El pueblo le cobraba al pueblo. El hambre aprendía a llamarse negocio.
Quiso gritar. No pudo. Su voz se perdió en la niebla. Todo empezó a girar: luces, caras, sombras.
Y despertó.
Él despertó.
Yo me quedé un poco más, respirando en su silencio.
Antes de irme, le dejé algo. La voz de su abuelo. Clara, dolorosa:
—El pueblo siempre paga los platos rotos, aunque ya no tenga mesa donde ponerlos.
Después me fui.
Sin cerrar del todo la puerta.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
