
Inspirado en hechos reales ocurridos durante el paro de octubre de 2025, en Ecuador
Antes, la casa olía a fruta. Cada mañana el sol entraba por la ventana y los encontraba en lo de siempre: él barriendo, ella regando las macetas. El aire tenía algo de sopa tibia, de rutina tranquila, de días que pasaban sin hacer daño. Era una vida pequeña, sí, pero alcanzaba.
Ahora, la casa huele a encierro. Las frutas se terminaron hace semanas; en el canasto quedan apenas unas verduras cansadas. El gas del cilindro se está acabando y ella lo enciende con cuidado, como si fuera quebradizo. Cada llama parece durar menos de lo que debería. Comen poco, no tanto por hambre, más bien por miedo.
El vecino llega cuando ya es de noche. Tres golpes suaves. Una sombra. Una funda dejada junto a la puerta. A veces trae fideos, otras arroz, otras nada. No hablan. Las gracias se dicen con los ojos, antes de que el miedo vuelva a cerrarles la boca.
Él tiene ochenta años. Ella, setenta y cinco. Ya no hablan de los hijos ni de los nietos, tampoco de los días. El televisor permanece apagado: las noticias duelen menos así. No hay teléfono que acerque a nadie; las voces queridas viven lejos, suspendidas en el aire. La radio se enciende a ratos y suena mal, como si tampoco supiera qué decir. Los días se parecen demasiado entre sí.
Por las tardes se sientan frente a la ventana. No se asoman. El silencio de afuera parece mirarlos. Una vez el vecino salió a buscar medicinas y volvió con las manos vacías. Desde entonces, la incertidumbre se quedó a vivir con ellos. Ella sueña con una manzana. Él recuerda el olor de los duraznos. A veces se toman de la mano sin decir nada, como si eso bastara, como si la memoria también tuviera hambre.
Por la noche la casa se achica. El aire pesa. El miedo se queda en las esquinas. Una vela tiembla sobre la mesa; la cera cae despacio. Él la mira, temiendo que el sueño se la lleve. Ella lo cubre con una manta, temiendo que el frío haga lo mismo. Así se cuidan. Sin palabras.
El silencio se alarga. No saben si esperan el amanecer o el final. Afuera el mundo sigue, pero ya no confían en el ruido. Adentro todo es respiración y sombra. El gas se termina. El aire no cambia. Y, en algún rincón, la noche los observa, sin decir todavía si traerá descanso o día.
La casa los guarda. Quietos. Como si también ella tuviera miedo de despertar.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
