
Mi amor, tú que naciste con los dedos en la pantalla y perteneces a eso que llaman generación Z, quizá no lo creas, pero tu abuela también se volvió digital. No por moda. Por amor.
Yo no nací para las computadoras. A mí me enseñaron a escribir con tiza y cuaderno, no con teclado. Pero un día me inscribí en un taller de “tecnología para adultos mayores” porque quería enviarte un mensaje sin borrar todo, mandarte un meme sin que desapareciera el mundo con un clic mal puesto. Quería entender un poco tu lenguaje para no quedarme fuera del tuyo.
Al comienzo confundía el mouse con un adorno de escritorio, intenté prender la computadora con el control del televisor y pensé, muy seria, que el antivirus era algo que se compraba en la farmacia. Pero bastó que me enseñaran a jugar bingo en línea para que algo se encendiera en mí. El azar me guiñó un ojo desde la pantalla… y yo le devolví la mirada.
Una semana después ya tenía más pestañas abiertas que paciencia, un teclado que brillaba como feria de pueblo y audífonos enormes que me hacían ver sospechosamente moderna. En el mercado me decían, medio en broma, “la DJ del barrio”. Yo me reía y seguía. Me puse de nombre AbuelaEnLínea y empecé a escribir frases que salían solas, como pan caliente:
—La suerte a veces se demora, pero casi siempre llega con algo dulce.
—No perdí… solo estaba dándole una lección de humildad a la computadora.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
