
Cerca de mi casa hay una librería. No sé desde cuándo está ahí. Nunca me lo pregunté, y eso ya dice algo. Simplemente forma parte del recorrido, como la tienda de la esquina o el árbol que da sombra en la tarde.
Abre todos los días a la misma hora. Yo paso temprano, casi siempre con prisa, y la veo levantando la cortina. En la tarde, cuando regreso, ya está cerrada. Nunca la he visto bajar la puerta. Es como si eso ocurriera cuando no estoy mirando.
A veces, al pasar frente a ella, tengo una sensación rara. Nada grave. Solo la idea fugaz de que el lugar está vivo. No lo pienso mucho. Sigo caminando.
Durante años no entré. No fue una decisión consciente. Simplemente no entré. Me bastaba con verla desde afuera.
También estaba ese hombre. Aparecía seguido. Caminaba despacio, sin celular, sin auriculares, sin apuro, como si el tiempo con él funcionara distinto. Doblaba la esquina y entraba en la librería. Siempre igual.
Y cada vez que lo hacía, me pasaba lo mismo: tenía la impresión de que la librería se cerraba sobre sí. No desaparecía —eso sería exagerar—, pero algo se recogía, como cuando uno baja la voz sin darse cuenta.
Una mañana entré antes que él. No lo planeé. Solo ocurrió. Crucé la puerta y me quedé entre los estantes, mirando títulos sin leerlos.
Adentro olía a libros viejos, a madera, a polvo limpio. Un olor conocido, de esos que no necesitan explicación. La luz era suave. Nada especial. Y, sin embargo, todo estaba en su sitio.
Lo vi llegar. Caminó hasta el fondo y se sentó frente a una mujer de su edad. No se saludaron y eso me llamó la atención. Solo sonrieron y se miraron un momento, lo justo. Después, abrieron lentamente sus libros.
No pasó nada más. Y, aun así, sentí que algo se detenía.
Ahí entendí —o creí entender— que no era la librería la que se apartaba del mundo. Era el mundo el que, por un instante, daba un paso atrás, como si supiera que no debía hacer ruido.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
