Por: David Pacheco Ochoa

Según las más viejas tradiciones citadinas, Loja recoleta y castellana poseyó el primer carro del mundo, manejado por un experto chofer y cuando aún no habían ni las leyes de tránsito ni los carnés de conductor profesional.

Referían los antiguos narradores del vivir lojano, que este carro –que funcionaba sin necesidad de gasolina adulterada ni de diesel súper caro- pasaba veloz por las tristes calles de la entonces somnoliente urbe, a eso de las doce de la noche, pues no tenía faros sino que lanzaba chispas que alumbraban la ruta a seguir, chispas que salían de las estridentes ruedas al chocar contra el empedrado, así como del rabo largo del misterioso chofer.

Aseguraban los sabios cronistas que este carro fantasmal iniciaba su recorrido desde el lugar donde una noche se derrumbó una casa, mientras perfumadas bailarinas danzaban con un desconocido, empolainado, bigotudo y que percibía a chucante azufre. Desde este sitio llamado Los Paredones, el susodicho vehículo emprendía su recorrido de transporte urbano, completamente gratis, pero que tenía por consigna recoger a toda persona non santa que pudiera deambular por las tenebrosas sombras de la noche. Y para ser más preciso en este servicio social, el referido carro usaba únicamente tres frecuencias: cuesta abajo de la antiquísima calle del Belermo o calle “Bernardo”; cuesta abajo de la calle Real o “Bolívar”; y otras veces cuesta abajo de la calle “Sucre”, la misma que era funesta y sin faroles.

 

Leyendas, Tradiciones y relatos lojanos, 1996.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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