Fotografía: Marcelo Jaramillo Cisneros
Ramiro Velasco
Muy pocos sabían que se llamaba parque González Suárez, pues la mayoría lo conocíamos como “el parque chiquito” o el “parque de los caballitos”. Los nombres eran muy obvios: comparado con el parque Bolívar, este era apenas una cuarta parte de su tamaño y porque siempre reposaron en medio de una pileta tres caballos, desde cuyos hocicos manaba agua.
Era un parque un poco escondido, muy apropiado para los enamorados que se citaban en dicho lugar, donde se resguardaban de los ojos indiscretos y de los chismes de la misma índole. Sus pequeños jardines estaban sombreados por enormes árboles, que guarecían a los amantes de la lluvia y de la persecución familiar. No contaba con guardaparques porque a los muchachos no nos provocaba ir a jugar en sus pocos vericuetos y además estaba muy a la vista de los padres Franciscanos que, desde su convento, resguardaban la iglesia de El Jordán y el propio parque.
Su dinamismo se incrementó y su prestigio se multiplicó cuando los buses del transporte interprovincial, que viajaban de norte a sur y viceversa, hicieron su parada obligatoria en dicho parque. Allí, muchas vendedoras ofrecían el famoso pan de Otavalo (de maíz, de leche, mestizos, de huevo, quesadillas, bizcochos, costras de dulce, injertos y las incomparables habillas), que se compraba para llevar de “señas” a familiares y amigos. Más tarde, se ubicó allí la terminal de la Cooperativa Otavalo, lo que ayudó a dinamizar aún más el sector.
LEYENDA: "LA VIUDA DEL PARQUE CHIQUITO"
“La “La viuda del Parque Chiquito” es una leyenda que, aunque hoy en día ha caído en el olvido, fue muy famosa en Otavalo hace muchos años. Los vecinos del parque contaban que, al caer la noche, se aparecía una mujer vestida de negro, con un largo velo oscuro que ocultaba su rostro. Esta misteriosa figura deambulaba por la plaza, acechando a las parejas de enamorados que se reunían allí en busca de privacidad. Los padres franciscanos, al escuchar sobre esta aparición, intentaban calmar a los ciudadanos que buscaban refugio en la iglesia.
Algunos de los jóvenes que la habían visto aseguraban que, en la penumbra, comenzaban a escuchar el sonido de unos tacones acercándose. Al voltear, veían a lo lejos una figura alargada y negra que se aproximaba lentamente.
A medida que esa sombra se acercaba, el aire se volvía cada vez más frío y una sensación de opresión los envolvía. El sonido de los tacones resonaba con fuerza, aumentando el terror de las parejas. Cuando la viuda estaba lo suficientemente cerca, su rostro se revelaba: al principio, era el de una joven hermosa que irradiaba una luz brillante. Sin embargo, esa belleza pronto se desvanecía, transformándose en un rostro cadavérico. Sus ojos, que antes brillaban, se convertían en dos pozos oscuros que emanaban un frío aterrador. Abría la boca y soltaba un alarido que helaba la sangre. Los enamorados, paralizados por el miedo, huían despavoridos, y sus gritos resonaban por toda la ciudad.
Con el tiempo, esta leyenda se fue desvaneciendo a medida que Otavalo crecía y se modernizaba. Los que aún recordaban a la viuda decían que perseguía a los enamorados como venganza, posiblemente porque alguien se había burlado de ella en vida. Otros, en cambio, creían que todo era un truco de una vecina cansada de los arrumacos en el parque, quien, con ingenio, había encontrado una manera de ahuyentar a las parejas y hacer que buscaran otro lugar para sus encuentros amorosos.
EL PARQUE CHIQUITO
Reducto de enamorados discretos,
parquecito de recuerdos sin fin,
de cuentos y mitos urbanos
y de juegos infantiles,
de golosinas
y correteos.
Te engalanaron cuatro corceles
de alto linaje en el bronce
la inspiración del artista
de repente fue alterada
y tres finos caballos
adornan tu pileta.
Sueños bordados,
oraciones piadosas,
cuentos inacabados
y promesas por cumplir,
son los legados
que tus jardines
saben en secreto
bien guardado.
Fernando Larrea Estrada, 2024