Dorys Rueda
Otavalo, mayo 1998
 
 
 
 

En la década de los 70, llegar a la quinta “El Rosario”, propiedad de mis padres en Otavalo, era todo un desafío. Aunque no estaba tan lejos, para nosotros, un pequeño grupo de amigos y primos de entre 11 y 13 años, el recorrido parecía interminable. Cada paso que dábamos parecía alargarse y, aunque las calles nos eran familiares, se convertían en un obstáculo que nunca parecía acabar. Partíamos desde nuestra casa en el barrio Central, preparándonos como si fuéramos a embarcarnos en una gran aventura. Llevábamos comida, bebidas y, lo más importante, una gran dosis de entusiasmo, conscientes de que el trayecto sería largo y de que, a lo largo del camino, nos esperaban muchas sorpresas.

A medida que avanzábamos, nos tomábamos un par de pausas para compartir trozos de pan, galletas y algo de bebida. Aprovechábamos también para  charlar sobre algo que siempre nos rondaba la cabeza cada vez que nos dirigíamos a la propiedad: la incertidumbre de si finalmente visitaríamos o no la antigua “Fábrica La Joya”.

Una vez que llegábamos a la finca “El Rosario”, si habíamos decido ir también a la “Fábrica La Joya”, continuábamos por un pequeño caminito que nos llevaba hasta un riachuelo de aguas transparentes. Nos quedábamos allí bastante tiempo, disfrutando del lugar. Nos quitábamos los zapatos y, sin pensarlo, nos lanzábamos a saltar de piedra en piedra, desafiando la corriente del agua fría que nos mojaba los pies. Luego, nos acostábamos en el pasto para contemplar el cielo, mientras el sonido del agua nos relajaba.

Cuando nos cansábamos de jugar en el riachuelo, sabíamos que era hora de continuar hacia la vieja “Fábrica La Joya”, que quedaba un poco más adelante. A medida que nos acercábamos, una extraña sensación empezaba a invadirnos. En el camino, siempre había alguien que mencionaba la historia del duende que, según decían, habitaba el antiguo edificio al que nos dirigíamos.

La gente de Otavalo decía que el duende era un ser pequeño, con una barba espesa que le colgaba hasta las rodillas. Vestía una camisa blanca, un poncho y sandalias. A las seis de la tarde, salía de la vieja fábrica para atraer a niños y jóvenes con sus engaños, ofreciéndoles dulces, juguetes o promesas de cosas maravillosas. Pero al aceptar sus ofertas, los conducía hacia la oscuridad de la fábrica, un lugar tan desolado y deteriorado que parecía albergar los secretos más oscuros. Desde ese momento, nunca más se volvía a saber de aquellos que caían en su trampa.

Lo más aterrador, relataba uno de mis primos con voz temblorosa, era que el duende tenía una especial predilección por aquellos que se aventuraban por los caminos solitarios, lejos de la protección de sus hogares y familiares. Por esa razón, nuestras caminatas siempre eran por la mañana, cuando el sol aún brillaba alto y nos asegurábamos de regresar a casa antes de las seis de la tarde, la temida "hora pesada", como decían nuestras madres.

Al llegar a la “Fábrica La Joya”, nos deteníamos a una distancia prudente, observando el edificio con cautela. La estructura, que en sus días de esplendor debió ser imponente, ahora era solo una sombra de lo que había sido, con grietas profundas y ventanales rotos que dejaban entrever la oscuridad del interior. El edificio, deshabitado y en ruinas, desprendía un aire de abandono que nos mantenía alerta. Aunque todo parecía estar en calma, había algo en el ambiente, una sensación indefinible que nos impedía acercarnos más. El aire en ese rincón parecía distinto, como si estuviera impregnado de historias no contadas.

Permanecíamos allí, observando el lugar por unos breves instantes. Después de ese vistazo rápido, como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, dábamos la vuelta y regresábamos al riachuelo. Allí, el sonido del agua y la sensación de seguridad nos calmaban, dejando atrás, una vez más, el enigma que envolvía la vieja Fábrica. Al llegar a la quinta “El Rosario”, nos dedicábamos a trepar los árboles y a recoger moras, taxos y limones. Tras un buen rato, regresábamos al centro de Otavalo.

Cuando llegábamos a casa, la figura del duende se desvanecía de nuestra mente, como si al cruzar el umbral de la puerta, la magia de la leyenda quedara atrás, absorbida por el paso del tiempo. Sin embargo, la historia del duende en la antigua “Fábrica La Joya” continuó circulando de generación en generación en Otavalo, una presencia que se transformaba con cada relato, añadiendo nuevos detalles, versiones y advertencias que mantenían vivo el misterio.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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