Dorys Rueda
Otavalo, 1990

 

La figura del gigante no es muy común en las leyendas ecuatorianas, aunque aparece en algunas narraciones populares como un símbolo de fuerza desmesurada. En la mayoría de las leyendas del Ecuador, el foco se centra en seres como duendes, espíritus, brujas, diablos, viudas, sirenas y animales mitológicos, entre otros, que juegan un papel destacado en la tradición. Estos personajes están más estrechamente ligados a la naturaleza, lo sobrenatural, las supersticiones  y las creencias ancestrales, ocupando un lugar central en las historias que se transmiten de generación en generación.

La leyenda que compartiré a continuación me fue contada por mi padre, don Ángel Rueda Encalada, en 1990, quien la había escuchado a vez de su abuelito. La historia comienza así:

Cierto día, un gigante de la vecina Colombia había llegado a la provincia de Imbabura. Su imponente altura y su descomunal fortaleza lo convertían en una figura temida por todos. En los pueblos cercanos, corrían historias sobre los terribles desastres y los horrendos crímenes que había dejado a su paso durante su largo viaje por las tierras andinas.

Al llegar a territorio imbabureño, el gigante experimentó una sensación de profundo vacío. Se sentía terriblemente solo, sin compañía alguna, sin amigos con quienes compartir siquiera un paseo. Su tamaño y su fuerza solo provocaban el miedo de la gente, que huía despavorida al escuchar el retumbar de sus pasos. El deseo de causar daño ya no lo atraía; en su interior, algo había cambiado. Pasaba el tiempo sentado en las laderas de Mojanda, mirando al cielo sin esperanza, tratando de alcanzar con sus enormes manos alguna ave que cruzara por allí. Pero los animales, instintivamente, huían de él, temerosos de ser aplastados por su fuerza.

En su solitaria existencia, el gigante halló una manera de distraerse: sumergir sus pies en las lagunas de Imbabura para descubrir cuál era la más profunda. A veces se entretenía con las tres lagunas de Mojanda, introduciendo sus pies en cada una, buscando la más honda. En otras ocasiones, su curiosidad lo llevaba a explorar otros lugares: un pie lo sumergía en el lago Cuicocha, mientras el otro tocaba la orilla de la cercana Laguna de Yahuarcocha. Sin embargo, para su decepción, ninguna de las aguas llegaba más allá de sus empeines. Los vastos lagos no ofrecían mayor profundidad que la que él mismo podía alcanzar.

Años pasaron y el gigante se encontraba cerca de cumplir los noventa años. Su cuerpo comenzaba a mostrar signos de envejecimiento, pero su alma seguía tan solitaria como siempre. Un día, mientras descansaba, escuchó a un ave contarle sobre una laguna que se decía era la más profunda de todas. El gigante, con su corazón lleno de esperanza, se alegró al oír que no había visitado aún el lago San Pablo. Movido por una curiosidad renovada, caminó hasta el valle de Otavalo, donde divisó desde lejos la belleza de la laguna que se extendía ante él.

Con la emoción de quien por fin va a desvelar un enigma largamente esperado, se acercó al agua lleno de expectación. Sin dudarlo, sumergió un pie en la laguna. Para su sorpresa, sintió cómo el agua alcanzaba sus rodillas, mucho más profunda que cualquier otra que había conocido. Era una sensación inédita, algo que nunca había experimentado durante su largo recorrido por las tierras de Imbabura. La profundidad parecía infinita y por un instante, creyó que finalmente había encontrado lo que tanto había buscado. Lleno de confianza, avanzó un paso más, convencido de que la laguna guardaba aún más misterios por descubrir. Sin embargo, en un parpadeo, la realidad lo sorprendió: al mirar a su alrededor, notó con creciente preocupación que ya la mitad de su cuerpo estaba sumergido. La emoción de la aventura se transformó rápidamente en incertidumbre, al darse cuenta de que el lago no era tan inofensivo como parecía.

Luego se inquietó, pues el fondo del lago no era firme. Algo extraño sucedía. El agua, en lugar de ofrecerle seguridad, parecía devorarlo lentamente, empujando su enorme cuerpo hacia lo más profundo. El gigante comenzó a desesperarse, buscando algo con qué sostenerse. A su alrededor, solo encontró el monte que se alzaba junto al lago y con todas sus fuerzas, se aferró a él. Pero fue en vano. Las aguas continuaron subiendo, arrastrándolo y, a medida que se hundía más y más, sus manos se aflojaron y sus dedos comenzaron a desgarrar la tierra del cerro.

En su lucha por no ser tragado por el agua, el dedo índice de su mano derecha perforó la cima del cerro, dejando un pequeño agujero en la montaña, una especie de ventana por donde se podía ver el cielo. Sus palmas, en un último intento, arrancaron grandes pedazos de tierra, creando grietas y profundas quebradas en el terreno, como un recordatorio de la lucha del gigante contra las aguas que lo engullían.

De este esfuerzo, nacieron los valles y hendiduras que hoy se pueden ver en el paisaje de Imbabura, vestigios de un gigante que, a pesar de su fuerza y poder, fue finalmente derrotado por la propia naturaleza que no podía dominar.

Por esta razón, los ancianos solían decir con sabiduría: Por más grande y fuerte que uno sea, siempre existen fuerzas más poderosas que no se pueden dominar. Solo la humildad frente a la naturaleza y la aceptación de nuestras propias limitaciones nos permiten vivir en equilibrio con el mundo que nos rodea.

 

Portada: https://ec.viajandox.com/otavalo/lago-de-san-pablo-A240

 

 

INFORMANTE

Ángel Rueda Encalada

Otavalo 1923-2015

Fue un autodidacta que impulsó la modernización de la ciudad de Otavalo y logró cambios enormes para su ciudad, como la automatización de los teléfonos, la construcción del Banco de Fomento, la llegada del Banco del Pichincha, la edificación del Mercado 24 de Mayo, la construcción de la Cámara de Comercio, la reparación del templo El Jordán y la reconstrucción del Hospital San Luis.

Por décadas, fue benefactor de las escuelas Gabriela Mistral y José Martí. Fue fundador de varias instituciones de la ciudad, de donde desplegó su actividad a favor de la comunidad. Fue presidente de la Sociedad de Trabajadores México y del Club de Tiro, Caza y Pesca. Formó la Cámara de Comercio, trabajó para ella y fue su Presidente Vitalicio.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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