
Don Arévalo, oriundo de Otavalo, siempre había sentido una conexión profunda con las montañas que rodeaban su hogar. Desde su niñez, fue testigo de cómo el viento y las nubes hablaban un lenguaje propio, cómo el susurro de los árboles anunciaba la llegada de la lluvia y cómo las huellas de los animales contaban historias de vida y muerte. Había aprendido a leer los vientos, interpretar los cantos de los animales y entender el comportamiento de las plantas. Para él, cada viaje a Mojanda no solo representaba una forma de transporte, sino que era una inmersión en la tradición de los antiguos, aquellos que cruzaban las montañas con valentía, llevando mercancías para comerciar y tejiendo la red de una historia compartida que trascendía generaciones.
La ruta de Mojanda, aunque familiar, siempre había tenido su cuota de peligro. Arévalo sabía que el páramo podía ser implacable; los paisajes, con su vasta belleza y su energía sobrecogedora, escondían innumerables trampas. En esos caminos, los viajeros debían ser astutos y estar preparados para lo inesperado. Aunque él era un hombre experimentado, el páramo siempre podía sorprender y sabía que cada paso debía darse con cautela. Al principio, todo parecía marchar bien: el sol brillaba con fuerza, el aire fresco de las montañas lo acariciaba y el viaje transcurría sin mayores contratiempos. Pero a medida que ascendía hacia las alturas del páramo, el cielo comenzó a tornarse gris, como presagio de algo que se avecinaba, una señal de que la naturaleza estaba por mostrar su rostro más feroz.
La tormenta llegó sin aviso, como una explosión de furia incontrolable. El viento aullaba entre las piedras y los rayos iluminaban el cielo con tal intensidad que parecían desgarros de un mundo lejano. Arévalo, aunque acostumbrado a las adversidades del camino, no pudo evitar sentir el peso de la violencia de la tempestad. La visibilidad era casi nula, y el rugir de los truenos parecía indicar que el mismo páramo había cobrado vida para desafiarlo. A pesar del miedo, Arévalo no se dejó llevar por el pánico. Sabía que lo único que podía hacer era acelerar su marcha, buscando algún refugio, algún tambo en el que pudiera guarecerse hasta que el mal tiempo cesara. El tiempo se estiraba entre los truenos y los relámpagos, y la borrasca parecía no tener fin. Arévalo deseaba con desesperación encontrar un lugar seguro, pero la naturaleza se negaba a ceder.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la tormenta empezó a calmarse. Con cautela, Arévalo se detuvo para intentar secarse el rostro, pero al volverse, se dio cuenta de lo impensable: la parte trasera de su caballo había desaparecido por completo. Solo quedaba la parte delantera del animal, como si algo sobrenatural hubiera ocurrido. En ese momento, el miedo lo paralizó. ¿Cómo era posible que no se diera cuenta de que su caballo había sido partido por un rayo? El pánico se apoderó de él por un instante, pero su mente, entrenada para encontrar respuestas en medio de la adversidad, empezó a trabajar rápidamente.
Al comprender lo sucedido, una mezcla de asombro y determinación se apoderó de su ser. Regresó por el camino, guiado por algo que no lograba entender, como si la fuerza de la tormenta misma lo estuviera conduciendo hacia su destino. Después de un rato, encontró a una esbelta yegua que pastaba tranquilamente en un prado cercano, con la parte trasera de su caballo fusionada con ella. Era como si el rayo no solo hubiera partido al animal, sino que lo hubiera transformado en algo nuevo, más ágil, más liviano, casi mágico. Con destreza y sin perder tiempo, Arévalo unió las dos mitades de su caballo, restaurando su forma original, pero también incorporando una esencia renovada, una que solo el rayo podía haber proporcionado.
Con la confianza renovada, Arévalo prosiguió su viaje, sabiendo que lo que había vivido no era solo una experiencia de supervivencia, sino una lección profunda sobre la vida misma. La tormenta, que al principio parecía solo un obstáculo, había sido el catalizador de una transformación, tanto para él como para su caballo. Y así, con una sensación de asombro y gratitud, Arévalo llegó a Quito, llevando consigo no solo su mercancía, sino una historia que perduraría por generaciones.
La historia de aquel viaje se convirtió en un relato más que trascendió las fronteras de Otavalo, contada y recontada en cada rincón del país. No solo era la anécdota de un hombre que había vencido a una tormenta, sino también un recordatorio de que, en la vida, las adversidades no siempre son el final. A veces, son el principio de una transformación que nos enseña a ser más fuertes, más sabios y completos.
INFORMANTE
Fue un pr
estigioso maestro que empezó su carrera docente en 1935, en San Pablo de Lago, en la escuela Cristóbal Colón. Después pasó a la escuela 10 de Agosto de la ciudad de Otavalo, plantel donde había estudiado su educación primaria.
En 1936, viajó a Quito para trabajar en la Anexa del Normal Juan Montalvo. En 1970, después de una ardua y fructífera labor como profesor, se acogió a la jubilación y fue articulista en los medios escritos de la provincia de Imbabura, con un claro enfoque de justicia y rectitud, en los temas de la vida local del cantón Otavalo.
Escribió artículos de investigación científica y notas poéticas. Tiene 28 publicaciones.