
Dicen en Otavalo —y lo dicen en voz baja, como se cuentan las cosas que han pasado de abuelitos a nietos— que la Iglesia de San Luis no siempre estuvo allí como hoy la vemos; que, antes de ser piedra y retablo, fue primero un signo, una señal que nadie pudo ignorar.
Hoy la iglesia permanece en el corazón del pueblo, serena y grandiosa. Parece escuchar más que hablar. Desde el Parque Bolívar se la mira y algo en ella no es solo arquitectura: es memoria. Pero la historia que la sostiene empieza mucho antes, en un día cualquiera de la colonia.
Los ancianos del pueblo cuentan que una mañana sucedió algo insólito. Aparecieron tres mulas. Venían solas y nadie las guiaba. Cada animal cargaba dos grandes cajas de madera, bien ajustadas a los costados. Una de ellas, exhausta, llegó hasta la plaza del mercado y se echó en el lado occidental, sin querer levantarse, por más que la gente la movía.
Las otras dos continuaron su camino: una se dirigió al norte y otra hacia el sur.
Algunos vecinos siguieron sus huellas. Una, comentaban, había llegado hasta Caranqui, en Ibarra, y otra se había dirigido a Quito, deteniéndose frente a la iglesia de San Agustín, donde aún permanece.
La gente de Otavalo miraba a la mula que descansaba sola y preguntaba:
—¿Dónde estará el arriero?
—¿Le habrá pasado algo en el camino?
Algunos miraban a un lado a otro, esperando ver al dueño de la mula. Otros rodeaban al animal, observando las cajas, tratando de adivinar su contenido sin atreverse a tocarlas.
Todos guardaban silencio, como si el animal los hubiera quitado el habla, hasta que un joven otavaleño, valiente y decidido, se acercó a la mula y abrió una de las cajas. Luego se aproximaron más personas y sacaron, con cuidado, lo que estaba en el interior de ambas. Eran piezas bellamente talladas, partes de un todo. Nadie se imaginaba qué descubrirían al final, hasta que una cabeza apareció. Era un Cristo de tamaño natural, hermoso, pero con el rostro marcado por el sufrimiento y la angustia, a tal punto que su mirada los estremecía. Por eso, nadie dijo nada; solo contemplaban la imagen con devoción.
Lo llevaron a una casa cercana, por si alguien llegaba a reclamarlo. Pero nadie apareció. Entonces la gente empezó a pensar que el animal se había detenido en un lugar que debía ser sagrado. No se había echado en cualquier sitio: era allí, justo en ese punto del pueblo.
—Es una señal —dijeron algunos.
—El Cristo ha elegido quedarse en Otavalo —exclamaron las mujeres.
Todos asintieron, sin discusión alguna.
Se persignaron y colocaron la imagen en un altar sencillo. Con el tiempo, en ese mismo lugar se levantó la iglesia que hoy conocemos como San Luis. La imagen permanece allí, en el altar: es el Señor de las Angustias, patrono del pueblo.
Cada 3 de mayo, los otavaleños se reúnen para celebrar su llegada, con oración, pero también con alegría, felicidad y fiesta, con la certeza de que el Cristo llegó para quedarse.
Y cuando alguien entra a la iglesia y levanta la mirada, no solo ve un templo: siente algo más antiguo, más hondo.
Porque hay historias que no se escriben en libros; se quedan en los lugares.
Y esta, en Otavalo, sigue viva.
