Recopilación: Óscar Ruiz
Adaptación: Dorys Rueda
En la ciudad de Ibarra, entre montañas que guardan secretos y calles empedradas que han escuchado siglos de pasos, vivía una joven esposa. Durante los primeros años, su vida parecía una de esas historias tranquilas que la gente cuenta con envidia: un hogar luminoso, un marido atento, risas que flotaban por las ventanas abiertas en las tardes de verano. Ella caminaba segura, con la frente alta y su sonrisa era como un faro que iluminaba incluso los días grises.
Pero el tiempo, que pule o desgasta todo, comenzó a transformar aquella casa en un lugar distinto. La dulzura del marido se volvió desconfianza, la desconfianza celos, los celos en palabras duras y esas palabras se transformaron en gritos que hicieron temblar las paredes. Poco a poco, el refugio se tornó prisión y, lo que antes era abrazo, se convirtió en cadena. La ciudad siguió su curso, pero las risas en esa casa se apagaron para siempre.
Una noche de fiesta, cuando la música recorría las calles y las luces bailaban sobre los rostros alegres, ella fue vista conversando con un amigo de la infancia. Nada más que una sonrisa, un abrazo de despedida, un gesto cotidiano. Sin embargo, para él, enceguecido por sus propios demonios, aquello fue traición. El aire se quebró con insultos, un golpe destrozó la calma y la vergüenza pública selló un destino que ya venía gestándose. Desde entonces, el silencio entre ellos pesó como una lápida: ella caminaba por la casa como un fantasma de sí misma y él la observaba como un carcelero que teme perder su llave.
Cuentan que una mañana, cansada de los golpes y el dolor, decidió marcharse. Mientras el sol apenas trepaba por el Imbabura, comenzó a empacar su ropa con manos temblorosas, guardando en cada prenda el sueño de libertad. El sonido de la maleta era un tambor suave que acompañaba sus pensamientos: un nuevo comienzo, una vida lejos del miedo. Pero antes de cruzar la puerta, él la descubrió. Sus ojos, enrojecidos por la ira, eran brasas a punto de encenderse. Nadie sabe con certeza qué ocurrió después. Lo único cierto es que nunca volvió a ser vista con vida. La versión más oscura, la que se susurra con miedo en las cocinas y en las esquinas, asegura que él, dominado por la furia, selló con sangre aquello que llamaba amor.
Desde entonces, dicen que la joven no encontró descanso. Su espíritu vaga por las calles antiguas de Ibarra, envuelto en un vestido blanco manchado por el recuerdo. No tiene cabeza y sin embargo avanza con pasos lentos, seguros, como si supiera a quién busca. Su figura aparece en noches frías, cuando el viento sopla con un lamento extraño o en madrugadas en que la luna ilumina los adoquines con un resplandor fantasmal. Algunos aseguran que su andar produce un eco sordo, un golpeteo que no es de pies, sino de un corazón que late sin cuerpo.
Se dice que no todos la ven. Solo aquellos hombres que cargan en su interior la sombra de la violencia: los celosos que espían, los que levantan la mano contra quien aman, los que confunden el cariño con posesión. A ellos se les aparece, de improviso, con su figura sin rostro y su vestido ondeando como si caminara dentro de un sueño. Los interroga con una voz extraña, una voz que no viene de una boca, sino del viento, de las ramas secas, del crujir de las puertas viejas. Quien tiene la osadía de mirarla o de responderle, queda marcado por la muerte: su destino se consume lentamente, como vela que arde sin remedio, hasta que la sombra los reclama.
Otros, en cambio, cuentan que no todos son castigados. A algunos, la mujer sin cabeza se les aparece como advertencia, como una llama temblorosa que señala el borde del abismo. Se muestra ante quienes han olvidado que amar nunca es poseer, que la vida de otro no nos pertenece. Ella no hiere a esos hombres, pero los persigue con su mirada invisible, les recuerda en silencio que la furia y la violencia siempre cobran su precio.
Los niños escuchan la historia con temor, los ancianos con respeto y las mujeres con un nudo en el pecho. La figura de la mujer sin cabeza ya no es solo un relato. Representa el grito de quienes callaron demasiado tiempo, la advertencia contra el abuso que devora desde adentro, la memoria de que ninguna vida debe ser marcada por la violencia.
Así, entre las piedras antiguas de Ibarra y bajo la luna que todo lo vigila, su presencia sigue viva. Quien camina de noche y siente un viento helado en la nuca, jura que puede escuchar el susurro de su voz, preguntando al oído:
—¿Amas o posees?
Y entonces, el silencio pesa más que nunca.
