
Dorys Rueda
Esta leyenda me la contó el doctor Gonzalo Rubio Orbe, allá por 1983. Él siempre decía que no era suya, que ya venía de antes, de los ancianos del lugar.
Decían que, hace mucho tiempo, por la provincia de Imbabura, andaba un diablillo. No era de los que se muestran de frente. Era vivo, observador. Le gustaba rondar y mirar cómo es la gente, qué le falta, qué desea. Sabía bien que a muchos los puede más la plata, el poder, las cosas bonitas que prometen felicidad.
Cuando se acercaba la Navidad, el diablillo se ponía más atento. En esos días la gente anda ilusionada, más abierta. Entonces se disfrazaba de Papá Noel. Se ponía un traje rojo bien hecho, una barba blanca que parecía de verdad, botas negras y un saco grande al hombro. Caminaba por las calles tranquilo, como cualquiera. Nadie dudaba. Al verlo pasar, le sonreían.
Salía por las noches, cuando todo estaba en silencio. Buscaba a los que pensaban demasiado en tener más. A esos les hablaba despacio, con palabras suaves. Les mostraba monedas, joyas, cosas que brillaban bonito. Les decía que todo eso podía ser suyo, sin demora. Y muchos aceptaban, sin preguntar mucho.
Lo que no se veía era lo que venía después. Muchos de los que habían recibido esos regalos se dieron cuenta de que, aunque tenían lo que siempre habían querido, no estaban bien. La Navidad llegaba igual, las luces se encendían, pero por dentro algo faltaba. Algunos se volvieron inquietos. Otros perdieron el brillo en la mirada. Y hubo quienes desaparecieron sin que nadie supiera explicar cómo.
Por eso los abuelos no dejaron que esta historia se pierda. La contaban cada Navidad, sin levantar la voz. No para asustar, sino para recordar. Para que uno no se deje engañar tan fácil.
Y siempre la cerraban igual, como quien repite algo sabido desde hace tiempo:
"no todo lo que brilla es oro".
