Dorys Rueda

 

En nuestro territorio ecuatoriano, donde el agua desciende desde lo alto y las vertientes parecen hablarse entre sí, hay una historia que no se pierde; se queda, como se quedan las cosas que han sido dichas muchas veces.

La contaban los abuelitos, despacio, en voz baja, sin apuro, como si cada palabra tuviera su momento. A veces junto al fogón, a veces mientras caía la lluvia.

Era la historia del arcoíris, al que llamaban Cuichi. No solo era el arco que aparece en el cielo y luego se va, sino algo más, algo que, de alguna manera, todavía camina con nosotros.

Surge cuando la lluvia cae con fuerza o cuando apenas llovizna. Entonces, entre el sol y el agua, se deja ver, vestido con sus siete colores:

El rojo, como un fuego que arde por dentro.

El naranja, como la tarde cuando empieza a despedirse.

El amarillo, como el maíz en su mejor momento.

El verde, como la naturaleza cuando se muestra viva.

El añil, oscuro, como esas franjas que se esconden en el atardecer.

El azul, como el cielo limpio después de la lluvia.

Y el violeta, como la noche que anuncia su llegada. 

Si alguien camina y lo ve, se detiene en ese preciso momento, como si algo le pidiera no seguir. Unos caen rendidos por su belleza; otros se sobrecogen por su presencia, que se impone y se siente.

En algunas provincias, los mayores dicen que al Cuichi le apasiona recorrer los cerros, saltar de uno a otro sin esfuerzo, como si la distancia no existiera para él.

Se afirma que tiene aversión hacia quienes visten ponchos rojos con franjas verdes o negras, tal vez porque esos colores le recuerdan antiguas ofensas o rituales ya olvidados.

También se cuenta —y esto ya se dice con más cuidado— que el Cuichi se acerca a las mujeres embarazadas. Las sigue, las ronda, como si algo en ellas le llamara. Nadie sabe explicar bien por qué, pero dicen que, si llega a alcanzarlas, ellas enferman gravemente y lo que traen al mundo ya no es lo que se esperaba.

El Cuichi no tiene una sola forma.

Cambia.

A veces se deja ver como una fila de siete burros, uno tras otro, siguiendo en silencio a quien camina. Otras veces aparece como siete cerditos pequeños, inquietos, que persiguen a quien, por curiosidad, decide mirarlos demasiado.

Nada de eso es casual.

Cuando el Cuichi toca a alguien, deja enfermedad. La piel se llena de llagas, de granos que duelen y no sanan fácil, como si algo se hubiera quedado atrapado en el cuerpo.

Ahí es cuando se recurre a los curanderos. Ellos saben tratar estos males, los que la medicina no alcanza a curar, porque conocen la fuerza del Cuichi. La han visto, la han sentido… y saben cómo enfrentarse a ella.

Sus saberes vienen de antiguo, de tiempos que no se nombran pero siguen vivos en sus rituales. Por eso pueden hacer lo que otros no logran: aliviar, limpiar y devolver el equilibrio.

Y hay algo más.

Al Cuichi le apasionan los tendederos de ropa. Cuando los ve, se aproxima y, en ese momento, todo cambia. Las prendas comienzan a moverse solas: giran, se agitan y azotan el aire como si tuvieran vida propia. Poco a poco se vuelven peligrosas: pueden golpear, magullar o herir. Por eso, nadie se acerca cuando ocurre, porque, cuando el Cuichi está ahí, es mejor no desafiarlo.

 

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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