Fuente oral: Gonzalo Rubio Orbe
Recopilación: Dorys Rueda
Otavalo, 1983
 

Hace muchísimos años, en el antiguo camino que conectaba las ciudades de Otavalo y Quito, existía un tambo perteneciente a la familia de los Remaches. Este lugar estaba ubicado en un punto estratégico de la ruta y ofrecía refugio y comida caliente a los viajeros, extranjeros y mercaderes que enfrentaban largas jornadas de camino.

La posada era bien conocida por la gente de Otavalo por la hospitalidad de los dueños que ofrecían a los caminantes una deliciosa fritada para calmar el hambre, un plato que había ganado fama entre los viajeros por su exquisito sabor.

Los peregrinos agradecían la comida, sin imaginar que todo era una trampa mortal. Una vez que ingresaban a la fonda, los indígenas se mostraban muy amables y serviciales y tras una fachada de aparente cobijo, observaban y evaluaban a sus huéspedes para elegir cuidadosamente a sus víctimas. Su objetivo eran los extranjeros y transeúntes que estaban solos y no tenían familia, es decir, las personas a quienes nadie buscaría si desaparecieran.

Cuando los huéspedes extenuados por el viaje se dormían profundamente, los padres Remaches y sus hijos, comenzaban su ritual de siempre. Con frialdad y precisión escalofriante asesinaban a sus víctimas con un hacha afilada. Después, despojaban a los cadáveres de todas sus pertenencias y más tarde, en un acto de inimaginable barbarie, desmembraban sus cuerpos para cocinar la carne humana como fritada.

Toda esta terrible carnicería fue descubierta por un mercader solitario que había llegado al albergue para pasar allí la noche. Después de servirse una fritada sustanciosa, el hombre se retiró a descansar pero no pudo quedarse totalmente dormido. Mientras se daba vueltas en el jergón, intentando conciliar el sueño, escuchó un murmullo que provenía de la cocina: eran los esposos Remaches que hablaban en voz baja con sus hijos.

Se levantó sigilosamente para oírlos con más claridad y lo que escuchó le dejó paralizado. Hablaban sobre asesinarle a él esa misma noche y usar su cuerpo, al siguiente día, para cocinar la fritada que ya se había terminado. El terror lo invadió al saber que los Remaches pronto iban a matarlo.

Regresó a su cama, preso de pánico. Tomó unos leños que estaban junto al catre y los colocó bajo las frazadas para que los Remaches, si entraban en ese momento, pensaran que estaba durmiendo.  Luego se escondió debajo del camastro, mientras escuchaba cómo uno de los Remaches afilaba el hacha en la cocina. No pasó mucho tiempo hasta darse cuenta de que alguien más estaba acostado a su lado, bajo el catre.  Tocó el cuerpo y sintió un frío de muerte al darse cuenta de que no tenía cabeza.  Posiblemente era una víctima más, alguien a quien los Remaches habían decapitado ese mismo día. Entonces, arrastró el cadáver y lo puso en lugar de los maderos, colocando los pies del desafortunado en la parte superior y su torso en la inferior. Luego cobijó los despojos con las mantas.

Desde su escondite escuchó cómo uno de los Remaches, sin sospechar nada sobre la sustitución, entraba en el cuarto. Una vez allí, creyendo que el mercader dormía profundamente, descargó el hacha sobre los pies del muerto que estaba bajo las frazadas. Luego gritó: “Está hecho, mañana tendremos bastante carne para la fritada”.

El comerciante, oculto en la penumbra, todavía con miedo, esperó pacientemente a que los Remaches se durmieran.  Cuando finalmente estaba seguro de que todos dormían, salió de su escondite sin hacer ruido, moviéndose entre la oscuridad, con extremo sigilo. Luego, corrió a través del páramo sin detenerse, con el corazón saliéndole del pecho.

El camino a Otavalo se le hizo largo y peligroso. Llegó al pueblo exhausto y aterrado, con el rostro marcado por el espanto de lo que había vivido. Se dirigió inmediatamente a las autoridades locales, a quienes contó con voz entrecortada y trémula su espeluznante experiencia en el tambo de Mojanda. Su relato de muerte y canibalismo dejó aterrorizados a todos los presentes.

Las autoridades, ante la gravedad de la situación, organizaron un plan para ir al tambo y capturar a los Remaches. Reunieron a un grupo de soldados y ciudadanos valientes. Todos armados fueron a detener a la familia asesina. Cuando llegaron al lugar, arrestaron a los criminales y luego revisaron la fonda detenidamente. Encontraron entonces restos humanos desperdigados por todo lado y en un rincón escondido, las pertenencias de las víctimas. Rápidamente fueron conducidos a Otavalo. Allí la justicia dictaminó su suerte: serían ejecutados en la plaza central del pueblo. Así sucedió. Los ciudadanos asistieron masivamente al lugar. No solo los familiares de los Remaches y las familias de los desaparecidos, sino también la gente que había degustado la macabra fritada.

Ataron a todos los miembros de la familia de los Remaches a los postes y en ese momento las autoridades ordenaron la ejecución. Así se puso fin a los espantosos asesinatos que quedarían grabados en la memoria colectiva de Otavalo, como un oscuro capítulo en la historia de la región.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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