Esta leyenda me la contaron mis alumnas Paola Jami y María José Santana en 2018. Ellas, a su vez, la recibieron del abuelito de Paola, don Luis Arturo Jami Jami. La historia comienza así:

Mi nombre es Arturo Jami. Nací en Latacunga, en el barrio "Cuicuno". Soy músico, y hoy les contaré una historia que marcó mi vida de una manera que nunca olvidaré. Todo ocurrió una noche después de una presentación musical que había tenido con uno de mis amigos.

Habíamos decidido quedarnos un rato en una cantina del pueblo, disfrutando de unas bebidas y de la compañía, hasta cerca de las 11:30 de la noche. La velada había sido agradable, llena de risas y anécdotas, pero al sonar las 12 campanadas de medianoche, decidimos que era hora de marcharnos y regresar a nuestras casas.

No habíamos caminado mucho, cuando de repente, a unos 10 metros de distancia, vimos cómo una mujer se plantaba frente a nosotros, como si hubiera aparecido de la nada. Era alta, vestía un largo vestido blanco que fluía con la brisa de la noche. Su presencia, aunque serena, era inquietante, pues no logramos ver su rostro, que permanecía en sombras, como si no quisiera ser revelado.

Nos quedamos paralizados, sorprendidos por la aparición. Mi compañero, visiblemente nervioso, apenas pudo articular algunas palabras. Me dijo entrecortadamente que la mujer le causaba un temor profundo. A medida que ella permanecía inmóvil frente a nosotros, el silencio de la noche se volvió aún más pesado. Fue entonces cuando, sin previo aviso, la mujer levantó lentamente la cabeza y sus ojos se clavaron en los nuestros. Lo que vimos a continuación fue algo que nunca pudimos entender.

Su rostro… no tenía rostro. Su cara era lisa, vacía, como una máscara sin expresión alguna, una superficie suave y pálida que no reflejaba ni luz ni sombra, como si la misma esencia de la vida se hubiera desvanecido de ella. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y un frío helado se apoderó de cada músculo, dejándome paralizado. El miedo comenzó a calar en mis huesos, apoderándose de mí como una sombra implacable. No sabíamos si aquello era real o si nuestra mente, influenciada por el alcohol, nos jugaba una mala pasada, pero algo dentro de nosotros sabía que no era una ilusión. La atmósfera se tornó densa, como si el aire mismo estuviera impregnado de un terror palpable. Antes de que pudiéramos reaccionar, la figura de la mujer bajó nuevamente la cabeza, lentamente, como si quisiera hacernos creer que todo había sido producto de nuestra imaginación. Pero en un abrir y cerrar de ojos, la levantó de nuevo y lo que vimos nos dejó helados. Esta vez, su rostro ya no era vacío; era una calavera, desprovista de carne, con los ojos vacíos y huecos, como dos pozos oscuros que parecían devorar todo a su paso. No había ni un rastro de humanidad en ella, solo una calavera que nos miraba fijamente, como si estuviera mirando directamente a nuestra alma, despojándonos de toda esperanza de explicación lógica. En ese momento, entendimos que estábamos ante algo más allá de nuestro entendimiento, algo que no pertenecía a este mundo.

Mi compañero, temblando, me miró y me dijo: "¿Viste lo que yo vi?" Creyó que lo que experimentábamos era solo una alucinación producto del alcohol, pero yo le respondí con otra pregunta, casi sin aliento: "¿Qué viste?". Él, con la voz entrecortada, me contestó: "A una mujer alta, con vestido blanco y rostro de calavera". En ese momento, comprendimos que ambos habíamos visto lo mismo y sin decir una palabra más, salimos corriendo, completamente aterrados.

Mientras huíamos, al pasar junto al cementerio de Cuicuno, unos gritos espeluznantes nos hicieron detener en seco. Los sonidos eran tan agudos y desesperados que nos helaron la sangre. Provenían del interior del camposanto y era como si alguien estuviera pidiendo auxilio o quizás, como si una presencia invisible estuviera torturando a quien se encontraba allí. La sola idea de que algo o alguien pudiera estar vagando entre las tumbas, completamente ajeno a la normalidad, nos llenó de un pavor indescriptible. Con cada paso que dábamos, los ecos de esos gritos parecían seguirnos, como si el cementerio estuviera vivo, observándonos desde cada rincón oscuro…

Al día siguiente, nos enteramos de que un hombre del pueblo había fallecido. Nadie pudo encontrar una explicación lógica, pero pronto comenzaron a circular rumores entre los más ancianos del lugar. Decían que la mujer del vestido blanco, aquella que se manifestaba con rostro de calavera, era un espíritu que arrastraba a los vivos consigo. Desde esa noche, nunca volvimos a hablar de lo sucedido, pero la imagen de esa figura aterradora quedó grabada en nuestra memoria. Algunos aseguran que aún se aparece por los alrededores de Cuicuno, aguardando al próximo que se cruce en su camino." 

 

Portada:

Visitas

004211119
Today
Yesterday
This Week
Last Week
This Month
Last Month
All days
3740
4133
21208
4168658
11979
90658
4211119

Your IP: 170.106.113.235
2025-04-03 21:51

Contáctanos

  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

Siguenos en