Fuente oral: Nicole Anahí Salazar Jaramillo

Recopilación: Óscar Ruiz

 

Hace muchos años dos hermanos Juan y Pedro se mudaron a un pueblo a orillas del Chimborazo. Allí escucharon una leyenda que solían contar los ancianos del lugar. Decían que en la cima del Chimborazo había una gran cueva custodiada por ocho duendes en la cual yacía un tesoro ancestral Inca.    

Una noche, los hermanos curiosos por la gran cueva emprendieron una búsqueda. Llegaron a un camino que se dirigía a la cima. Caminaron mucho entre la neblina que abrazaba el sitio. Cuando llegaron a la cima, tal como habían escuchado, encontraron la cueva. Ingresaron allí para resguardarse del frío y como estaban cansados, ambos hermanos se quedaron profundamente dormidos. Al despertar se encontraron rodeados de ocho pequeños seres, que llevaban grandes sombreros. Dijeron ser los guardianes de la cueva.

Les preguntaron cómo habían llegado ahí. Los chicos respondieron que buscaban la cueva del tesoro. Que buscaban comprobar si la leyenda era verdadera. Los duendes inmediatamente simpatizaron con los jóvenes. Les brindaron calor y alimento y luego les mostraron el sendero para ir a las profundidades, donde estaba el tesoro inca. La única indicación fue que podían ver todo lo que había allí, pero no podían tocar nada del tesoro.

Juan, impulsado por la codicia, sin que su hermano ni los duendes lo notaran, tomó un objeto del tesoro y lo escondió dentro de su ropa.

Al día siguiente, Juan y Pedro, se despidieron de los duendes, agradeciéndoles su hospitalidad. Al empezar a descender, el día se tornó obscuro y del cielo cayó un rayo que impactó a ambos jóvenes que quedaron inconscientes.

Cuando despertaron, estaban otra vez dentro de la cueva. Su ropa ya no era la misma: vestían como los duendes, con grandes sombreros que les cubrían la cabeza. No tardaron en comprenderlo: se habían convertido en uno de ellos.

Juan guardó silencio un momento. Luego, aceptó su error. Dijo que asumiría su nueva vida. Desde entonces, serían diez los duendes encargados de custodiar el tesoro en lo profundo de la cueva.

Los muchachos nunca regresaron a sus casas.

Por eso, desde entonces, los abuelitos repiten la advertencia: nadie debe entrar a la cueva y mucho menos intentar robar el tesoro inca. Quien lo haga, se convertirá en duende. Y si intenta huir, será sacrificado en el pozo oculto dentro de la cueva.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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