Esta leyenda la contó Nicole Anahí Salazar Jaramillo a su profesor Óscar Ruiz y él me la compartió tal como la escuchó.
Hace muchos años, Juan y Pedro se fueron a vivir con sus padres a un pueblito cerca del Chimborazo.
En las noches frías, después de la merienda, la familia se sentaba junto al fogón. El fuego alumbraba poco, pero alcanzaba para mirarse y para escuchar. Allí empezaban las historias. Siempre había una que volvía, como si no se cansara de ser contada.
Decían que en la cima del Chimborazo había una cueva. Nadie la había visto, pero todos hablaban de ella. Que estaba cuidada por ocho duendes. Que en su interior guardaban un tesoro inca. No cualquier tesoro. Algo que no debía tocarse.
Los muchachos escuchaban. Al principio, como quien oye un cuento más. Pero después ya no. Se quedaban pensando. Se miraban. Y la idea se les fue quedando.
Hasta que una noche decidieron subir.
No avisaron, solo salieron.
Hacía frío. De ese que cala. La neblina estaba ahí, pero no estorbaba. Más bien los acompañaba, como si los siguiera. Subieron despacio. Sin hablar casi.
Cuando llegaron arriba, la cueva estaba frente a ellos.
Abierta.
Entraron porque el frío ya no se aguantaba. Miraron. No había nada que asustara. Solo silencio. Se acostaron en el suelo y se durmieron.
Cuando despertaron, ya no estaban solos.
Frente a ellos estaban los duendes.
Eran pequeños. Con camisa blanca, poncho, sombrero blanco. Barba espesa y sandalias. No se movían mucho. Solo miraban.
—Somos los guardianes de la cueva —dijeron.
Les preguntaron cómo habían llegado. Juan y Pedro respondieron lo que era: que habían ido a ver si la historia era cierta.
Los duendes no se enojaron o no lo demostraron. Les dieron de comer. Los acercaron al calor.
Luego dijeron que les iban a mostrar el tesoro.
Antes de avanzar, fueron claros:
—Pueden mirar, pero no tocar.
Entonces, lo vieron.
El tesoro estaba ahí: oro, piedras, cosas antiguas. Todo brillaba, pero no como algo nuevo, sino como algo que venía de muy atrás.
Pedro miraba, pero Juan pensó otra cosa.
Sin que nadie lo viera, tomó algo pequeño y lo guardó bajo el poncho.
No dijo nada.
Al día siguiente, se despidieron. Agradecieron y prometieron no contar nada.
Cuando empezaron a bajar, la montaña los detuvo en seco. El cielo se oscureció en un instante y el aire se volvió pesado. De pronto, un rayo cayó muy cerca de ellos…
Después, todo fue silencio.
Cuando abrieron los ojos, estaban otra vez dentro de la cueva.
Se miraron ambos hermanos. La ropa ya no era la misma. Ahora llevaban camisa blanca, poncho, sombrero y sandalias. Sus manos y sus orejas ya no eran iguales.
No hacía falta decir nada.
Juan se quedó en silencio un momento.
—Fue mi culpa —dijo.
Entonces sacó el objeto y lo devolvió al lugar del que nunca debió tomarlo.
Pero ya era tarde.
Desde entonces, ya no fueron ocho, sino diez los duendes que cuidan el tesoro.
Los hermanos jamás volvieron y su familia los dio por muertos.
Por eso, cuando un joven escucha la leyenda, los mayores le advierten que no debe entrar en la cueva que está en la cima del Chimborazo, y mucho menos atreverse a tomar algo del tesoro que allí se guarda.
Porque hay cosas que no son para uno…
y caminos de los que ya no se regresa.
