Esta historia la escuché desde niña de mi tío Pedro Rueda Encalada. Cada vez que nos visitaba, la contaba casi de la misma manera. Decía que no era un invento ni una de esas historias que la gente exagera, sino algo que le pasó a él mismo.

Fue en uno de esos viajes que hacía llevando mercadería para el lado del Carchi. Ya estaba anocheciendo cuando decidió parar en un albergue de Mira para comer algo caliente y descansar un poco.

La muchacha que atendía era amable y conversaba bastante. Le dijo que tenía esposo, pero que todavía no regresaba. Mientras hablaba, platicaba con un joven sentado por ahí desde antes. Entre ellos había confianza. Se reían bajito y platicaban con tranquilidad. Mi tío pensó que eran buenos amigos.

En ese momento apareció el marido, sin anunciarse. La mujer miró al muchacho y levantó el dedo índice, moviéndolo despacio, de arriba abajo.

Solo eso.

Y el joven dejó de ser persona y se volvió un gallo. Así nomás.

El gallo caminó hasta un rincón y empezó a picotear el piso como cualquier animal.

Mi tío se quedó helado. Decía que ni respirar podía bien. Pero lo que más le impresionó fue la calma de la muchacha. Como si no hubiera pasado nada extraño. Le sirvió la comida al marido y después se pusieron a hablar de las cosas del día, del trabajo, de cómo les había ido. Y mientras conversaban, el gallo seguía por ahí, cerca de la mesa, picoteando el suelo sin parar.

Cuando terminaron, el marido se levantó, se estiró un poco y dijo que tenía que ir a ver el ganado. Se despidió sin apuro y salió.

Apenas cruzó la puerta, el gallo empezó a cambiar. Primero se quedó quieto, luego las plumas fueron desapareciendo, las patas se alargaron y el cuerpo volvió a ser cuerpo. El joven se levantó, como si nada hubiera pasado. La muchacha ni siquiera se dignó en mirarle.

Mi tío se llenó de miedo. Se despidió como pudo y salió casi corriendo hasta la casa más cercana, donde pidió que le dieran posada por esa noche.

Se acostó y, cuando al fin logró dormirse y dejar atrás la imagen de la joven y el gallo, algo lo despertó. Se acercó a la ventana y miró afuera.

Mira estaba cubierto de fuego. Las casas, las calles, los árboles… todo parecía arder. Pero no era un incendio como los de verdad. El fuego no hacía daño, no quemaba, no destruía nada. Las llamas se movían despacio, como si danzaran con suavidad sobre el pueblo, iluminándolo todo.

Entonces recordó lo que la gente decía de Mira: que era tierra de brujos; que allí se reunían esta personas para hacer rituales, pactos y cosas que era mejor no nombrar. Y entendió que lo que estaba viendo tenía que ver con todo eso.

Pasó la noche en vela, esperando que amaneciera. Cuando el sol empezó a salir y las llamas se apagaron solas, mi tío recogió sus cosas y se fue sin despedirse. Mientras se alejaba, no podía sacarse de la cabeza el dedo de la muchacha, el gallo en el rincón y el pueblo ardiendo sin quemarse.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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