La leyenda en estado puro
 
 

Antes de convertirse en texto, la leyenda fue voz: no nació para explicarse, sino para contarse en voz baja y repetirse hasta volverse parte de quien la escucha. No demuestra, insinúa; su fuerza no está en lo que aclara, sino en lo que deja abierto. Habita lugares concretos y aparece bajo ciertas condiciones, como si obedeciera reglas no escritas. En ella siempre hay algo que desborda lo cotidiano, una presencia que no se deja ver del todo. Cambia en cada voz, pero conserva un núcleo que persiste: no la historia exacta, sino la sensación que deja. Por eso no termina cuando se cuenta; continúa en quien la oye y desde allí inicia sus tránsitos.

 
La leyenda como tránsito
 

Toda leyenda admite múltiples formas de decirse, y en cada una revela un matiz distinto sin perder su esencia. Puede pasar del relato oral a la poesía, al diario, a la crónica, al diálogo o a los fragmentos, cambiando de voz, de ritmo y de enfoque. En ese movimiento, la historia no se reemplaza: se expande. Lo que varía es la manera en que se percibe; lo que permanece es su núcleo —el misterio, la presencia, la sensación que deja—. Así, la leyenda sigue viva, porque encuentra nuevas formas de ser contada y de ser sentida.

 
 
 
La jineta encantada
 

 

 

 

 

 
 

En el Ecuador siempre se han contado leyendas de gente que no se va del todo después de morir, que se queda como alma en pena o que vuelve a recoger sus pasos. Se los ve en los caminos, en las casas viejas, en los pueblos y hasta en hospitales.

Casi siempre es porque algo les quedó pendiente: una muerte mala, un accidente o una despedida que no se alcanzó a decir. Por eso regresan, porque algo los ata. Y no vuelven como uno cree: no vienen como sombras sin forma o cadáveres; no, vienen como eran. Caminan, hablan, andan por donde andaban antes, repiten lo suyo. Se les ve en las calles que conocieron y en los campos donde trabajaron.

Y no siempre vienen a asustar. A veces solo quieren que alguien los mire, para que se diga: “sí, yo lo vi, sí existió”.

Una de estas leyendas es "La jineta encantada", de la provincia de Bolívar.

Cuenta la gente que, hace muchos años, un hombre trabajaba la tierra cerca de la montaña. Al mediodía, cuando el sol quemaba y lo único que se oía era el arado y el paso lento de los bueyes, alzó la vista y vio algo impensable.

Frente a él estaba una joven hermosa, que cautivaba, pero que también asustaba. Su piel era canela. Tenía los ojos celestes, el cabello largo que le caía por la espalda y venía montada en un caballo dorado, grande, bien firme, con flores en la cabeza; la montura brillaba como si fuera de oro.

La aparición le pareció muy extraña, pero aun así se acercó. La joven, con una voz suave y tranquila, le contó que vivía en la montaña, en una hacienda grande. Luego se despidió… y desapareció.

Muy asustado, el hombre recogió sus cosas y regresó al pueblo. Empezó a preguntar a todos: a los vecinos, a los más viejitos, a los que sabían de antes, si alguien había visto a una joven montada en un caballo, que decía vivir en una hacienda grande. Nadie supo darle razón, hasta que un día alguien le contó que hace muchos años, en esa montaña, efectivamente, sí existió una hacienda, pero que todo había terminado mal: asesinaron a sus dueños y el lugar quedó abandonado. Con el tiempo, la hacienda desapareció como si la tierra misma se la hubiera tragado.

Entonces el hombre comprendió. Desde ese día, no volvió a trabajar por ese lado a esa hora. Y cuando alguien le hablaba de una señorita hermosa montada en un caballo dorado, él prefería guardar silencio.

 
 
La leyenda como diálogo
 
 
 

 

Esta leyenda, al convertirse en diálogo, deja de apoyarse en un narrador y se sostiene solo en las voces de quienes participan. No hay explicaciones: lo que sucede aparece en lo que se dice y en lo que queda sin decir. El misterio no se expone, se insinúa. En ese cruce de palabras y silencios, la jineta se vuelve más cercana y, a la vez, más difícil de precisar. La leyenda gana presencia y tensión: ya no se cuenta desde lejos, ocurre frente al lector, que escucha, intuye y completa lo que falta.

 

—¿Trabajas solo por aquí?
—Sí… como todos los días. ¿Usted de dónde viene?

—De la montaña.
—¿De la montaña? No sabía que hubiera haciendas por ahí.

—Hay lugares que no todos conocen.
—Nunca he visto esa casa.

—No todos la ven.

(pausa)

—Su caballo… es hermoso.
—Es fiel.

—Nunca había visto uno así.
—Tampoco me habías visto a mí.

(pausa)

—¿Vive sola?
—No.
—¿Con su familia?

(silencio)

—Disculpe… no quería incomodarla.
—Debo irme.

—¿Volveré a verla?
—Si vuelves a este lugar… a esta hora.

—¿Al mediodía?
—Sí.

(pausa)

—¿Cómo se llama?
—Eso ya no importa.

—Espere…

—No te acerques más.

(silencio)

—¿Han visto una hacienda en la montaña?
—¿Qué hacienda?

—Una grande… con una joven… y un caballo dorado.
—Por ahí no hay nada.

—Yo la vi.
—¿A qué hora?

—Cerca del mediodía.

(silencio)

—No vuelvas a ir a esa hora.
—¿Por qué?

—Antes había una hacienda ahí.
—¿Y ahora?

—La gente murió y el lugar quedó vacío.

—Pero yo hablé con ella.
—Eso dicen todos.

(pausa)

—Entonces… ¿a quién vi?

(silencio)

—¿A quién vi?

 

 
 
La leyenda como fragmentos
 

 

La leyenda, al tomar forma de fragmentos, se organiza en escenas breves que conservan el hilo de la historia sin desarrollarla de manera continua. Cada parte muestra un momento: el encuentro, la duda, la búsqueda y el silencio final. Los fragmentos no lo dicen todo; sugieren y dejan espacios que el lector completa. Así, la leyenda no se explica paso a paso, sino que se construye a partir de piezas que, unidas, sostienen el misterio. En ese tránsito, la leyenda gana condensación y participación: se vuelve más intensa en cada escena y más abierta en su sentido, permitiendo que el lector la reconstruya.

 

El agricultor trabajaba cerca de la montaña.
Era mediodía.

La vio aparecer en el camino.
Una joven hermosa, montada en un caballo dorado.

El caballo llevaba flores.
Demasiadas para ese lugar.

Se acercó.
Hablaron poco.

“Vivo en una hacienda en la montaña”, dijo ella.

El hombre no conocía ninguna hacienda por ahí.

Antes de que pudiera preguntar más,
ella se despidió.

Desapareció.

En el pueblo, nadie supo darle razón.
Nadie había visto a la joven.

Un anciano recordó:
“Hace años hubo una hacienda en esa montaña”.

“La gente murió… y el lugar quedó abandonado”.

El agricultor no volvió a trabajar a esa hora.

Cuando alguien habla de una mujer en un caballo dorado,
él guarda silencio.

Algunas apariciones no buscan asustar.
Solo quieren ser recordadas.

 
 
Dorys Rueda, Leyenda en tránsito, obra inédita, 2026.
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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