
Dorys Rueda
En nuestro país se cuentan muchas historias de muertos que regresan como almas en pena. Aparecen una y otra vez, en distintos pueblos, en los caminos, en las casas antiguas, en los hospitales. Casi siempre están unidas a muertes trágicas, a accidentes y a despedidas que no pudieron darse.
Se dice que esas personas no se fueron del todo. Que algo las retuvo. Tal vez el miedo, tal vez el dolor, tal vez una palabra que nunca dijeron. Por eso vuelven. No como cadáveres ni como sombras sin rostro, sino como eran en vida: caminando, hablando, repitiendo sus costumbres, recorriendo los mismos lugares de siempre.
Vuelven a las calles que conocieron, a los campos donde trabajaron, a los rincones donde fueron felices o donde sufrieron. No siempre aparecen para asustar. A veces solo se dejan ver, como si necesitaran que alguien los recuerde, que alguien confirme que existieron.
Por eso estas leyendas se las escucha con mucha atención y respeto. Son relatos que nos recuerdan lo frágil que es la vida y lo importante que es partir en paz.
De historias como estas nace la leyenda “La jineta encantada”, una de las más recordadas de la provincia de Bolívar:
Cuentan que, hace muchos años, un agricultor trabajaba la tierra cerca de una montaña. Era casi mediodía. El sol caía fuerte y el silencio solo se rompía con el sonido del arado y el paso lento de los bueyes.
De pronto, algo llamó su atención.
Frente a él apareció una joven muy hermosa. Tenía la piel canela, los ojos celestes y un cabello rubio tan largo que le caía por la espalda. Venía montada en un caballo dorado, grande y brioso. El animal llevaba la cabeza adornada con flores frescas y la montura estaba hecha con sogas que brillaban como si fueran de oro.
El agricultor quedó sorprendido. Nunca había visto algo así en ese lugar. Atraído por su belleza y sin pensarlo demasiado, se acercó a saludarla. Hablaron poco. Ella tenía una voz suave y tranquila. Le contó que vivía en una gran hacienda, más arriba, en la montaña. Luego se despidió con mucha cortesía.
Y así como apareció, desapareció.
El hombre se quedó inmóvil, mirando el camino vacío, sin entender qué acababa de pasar. Sintió un frío recorrerle el cuerpo. Guardó sus cosas y regresó a casa inquieto, con el corazón acelerado.
Ya en el pueblo, empezó a preguntar. Quería saber si alguien conocía aquella hacienda de la montaña. Habló con vecinos, con los más viejos, con quienes sabían de historias antiguas. Nadie pudo darle razón. Nadie había visto a la joven, ni al caballo, ni recordaba una hacienda en ese lugar.
Con el paso del tiempo, cuando casi había dejado de preguntar, alguien le contó algo que lo hizo temblar.
Le dijeron que, muchos años atrás, en esa montaña sí había existido una gran propiedad. Que era una hacienda próspera, pero que un día ocurrió una tragedia. Sus dueños fueron asesinados y, desde entonces, el lugar quedó abandonado. La hacienda desapareció, como si la tierra se la hubiera tragado.
Entonces el agricultor entendió.
Desde ese día, nunca volvió a arar cerca de la montaña a esa hora. Y cuando alguien habla de una señorita hermosa montada en un caballo dorado, él guarda silencio.
Porque hay encuentros que no se explican y apariciones que solo buscan ser recordadas.
