El lobo llegó tarde porque venía de terapia.

Atravesó el bosque con una bufanda color mostaza, una libreta bajo el brazo y una calma extraña, recién aprendida. Encontró al Carbunco sentado sobre una piedra, mirando las luces de la ciudad.

—Perdón la demora —dijo mientras se acomodaba—. Hoy Caperuza quiso trabajar mis impulsos depredadores.

El Carbunco levantó una ceja.

—¿Caperuza?

—Ya no le gusta que le digan Caperucita. Dice que el diminutivo afecta su autoridad profesional.

El brillo rojizo de los ojos del Carbunco pareció encenderse apenas.

—Te ves distinto.

—Estoy aprendiendo a gestionar emociones.

—Qué tiempos. Antes bastaba con mostrar los dientes.

El lobo sonrió con paciencia terapéutica.

—Caperuza dice que durante años escondí mis heridas detrás de conductas violentas.

—¿“Conductas violentas”? —preguntó el Carbunco—. En mis tiempos eso todavía era folclore.

El viento cruzó entre los árboles. Abajo, la ciudad brillaba llena de luces y edificios que parecían no dormir nunca.

—Caperuza abrió un podcast.

El Carbunco cerró los ojos.

—Pobre bosque.

—Se llama Abraza tu bestia interior —dijo el lobo—. Tiene bastantes seguidores. Hasta vende tazas con su fotografía, capa y todo.

El Carbunco guardó silencio unos segundos.

—La abuela maneja la tienda virtual.

El brillo rojizo de los ojos del Carbunco pareció apagarse un instante.

—Qué tiempos tan extraños.

El lobo guardó silencio unos segundos antes de preguntar:

—¿Y ustedes cómo están?

Entonces el Carbunco sonrió con un orgullo antiguo.

—Muy bien. Los Carbuncos del país estamos pasando por una excelente etapa.

—¿Sí?

—El de Otavalo es toda una estrella. La alcaldesa lo adora.

—¿Todavía asusta viajeros?

—No. Ahora inaugura ferias, participa en actos culturales y posa para fotografías junto a letras gigantes del cantón.

El lobo abrió los ojos.

—No puede ser.

—Hace poco le pidieron sonreír para una campaña institucional. Casi abandonó la leyenda.

El lobo soltó una risa.

—Ahora lo invitan a festivales —continuó el Carbunco—. Un niño le jaló la cola para una foto.

El viento volvió a cruzar lentamente los árboles.

El bosque quedó callado un momento.

Abajo, la ciudad seguía encendida.

El lobo volvió a mirar las luces.

—Y yo que pensaba que lo peor era la capa roja.

El Carbunco soltó una pequeña risa.

 

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

 
 
 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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